Camus. Albert Camus, el escritor argelino con quien me he sentido más íntimamente ligado desde que leí una versión de La Peste que, creo recordar, le compré a un activista que vendía libros en la puerta de entrada de la Universidad Libre de Barranquilla por mera militancia puesto que las ganancias que obtenía con la venta de los textos iban a las arcas de su fracción política.

Al poco tiempo me volví militante de la Juventud Comunista y años después cuando salté al cuadrilátero de la lucha armada llevé conmigo un volumen de pasta dura que guardaba las obras escogidas de Camus. Aquel tomo lo cedí a la biblioteca de un colegio rural cercano a la Hoz de Minamá en el departamento de Nariño. Pasados varios años, en un campamento de las FARC localizado en El Pato y que existía desde los tiempos del legendario Rigoberto Losada – más conocido como “Joselo” – volví a toparme con una novela póstuma de Camus de carácter autobiográfico titulada El Primer Hombre que fue publicada  en 1994.

Un lustro después, estando en prisión, le hice prometer a un ladrón que salía en libertad y con quien conversaba a menudo sobre futbol y ortografía, que me consiguiera en las  calles de Bogotá un ejemplar de las obras completas de Camus. Un sábado, día de visita masculina, me sorprendió con una bolsa plástica que contenía dos volúmenes de tapas azul marino y hojas de papel semibiblia. No había dudas, eran las Obras Completas del autor del Hombre Rebelde y El Mito de Sísifo entre otras, publicadas por la Editorial Aguilar en 1959, casualmente el año que nací. El puñetero ladrón se había salido con la suya y cumplió con su palabra y en compensación le obsequié un ejemplar del Diccionario Panhispánico de Dudas. Desde entonces no me he desprendido de los dos tomos y son mis libros de cabecera. Por su obra y sobretodo por su belleza moral, Camus, es el autor con quien me he identificado plenamente desde que adquirí conciencia colectiva.

Hay suficientes razones que explican el silencio de los medios colombianos sobre el simbolismo que adquieren las recién descubiertas meditaciones de Camus sobre el buen ejercicio del periodismo, más aún en estos tiempos convulsos.

A qué viene todo este cuento. El pasado jueves 15 de marzo, el vespertino Le Monde publicó una columna escrita por Camus el 25 de noviembre de 1939 (tres meses después de estallar la Segunda Guerra Mundial) para el periódico argelino Le Soir Républicaine en la que criticaba el empleo que el poder hace del “patriotismo” para desinformar y mentir. La nota de Camus, censurada en aquel entonces, fue encontrada en los Archivos Nacionales de Ultramar en Aix-en-Provence y en ella el escritor alerta a los periodistas sobre la honradez que deben demostrar en tiempos de guerra y abstenerse de publicar aquello que pueda excitar al odio o causar desesperanza. Camus escribió en la nota lo que, a su modo de ver, deberían ser los mandamientos del periodismo libre: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación. Agrega, Camus, que la guerra en sí es un fenómeno humano y se puede detener por medios humanos.

La reflexión escrita por Camus cuando apenas tenía 26 años generó grandes titulares en la prensa europea, amén de columnas editoriales y comentarios de miles de lectores que subrayaban la vigencia de su contenido. En Colombia, un país que se debate entre choques armados y crispaciones de toda naturaleza, el eco de Camus no ameritó una sola nota periodística. Hay suficientes razones que explican el silencio de los medios colombianos sobre el simbolismo que adquieren las recién descubiertas meditaciones de Camus, más aún en estos tiempos convulsos: el alineamiento de la inmensa mayoría del poder mediático del país con el discurso belicista y la tendencia a voltear la vista hacia otro lado cuando se requieren voces valientes y una mirada decorosa.

/ Yezid Arteta Dávila