Foto: Giovanni Moreno

La puesta en funcionamiento del sistema masivo de transporte Transmilenio  al finalizar la administración de Enrique Peñalosa e iniciando la segunda alcaldía de Antanas Mockus entre los años 2000 y 2001, significó para Bogotá la revolución en el transporte público urbano. Tan exitosa parecía esta experiencia, que ciudades como Cali, Pereira y Medellín, entre otras, se dieron a la tarea de replicarla.

En el año 2000 se estrenaron los buses articulados rojos en las troncales de la Calle 80 y Avenida Caracas. En adelante se  trabajó para conectar los articulados con la Autopista Norte y las localidades de Usme, Ciudad Bolíovar, Suba y Kennedy, lo que significó el ingreso de más y más pasajeros. Según datos la Secretaria de Movilidad en diez años se ha transportado 3.563.367.252 personas.

La historia de cómo un sistema que era el orgullo de los bogotanos se convirtió en la fuente de sus dolores de cabeza. Avaricia de sus dueños y mediocridad en quienes lo gestionaron explican la crisis.

En sus primeros meses de vida, el sistema contaba con la ayuda de Misión Bogotá, que destinó a cientos de jóvenes contratados por el Distrito para apoyar a los usuarios en las estaciones, tanto con información, como organizando las entradas y salidas de pasajeros. También había presencia de la Policía Nacional que vigilaban las estaciones por dentro y por fuera para evitar que la inseguridad se tomara a Transmilenio, mientras la Alcaldía Mayor llevaba a cabo campañas de cultura ciudadana a través de los medios de comunicación enseñándole a los bogotanos la manera más adecuada de hacer uso de este nuevo transporte masivo.

Durante los gobiernos de Antanas Mockus, Luis Eduardo Garzón y Samuel Moreno la marea de pasajeros siguió creciendo sin que se tomaran medidas ni en materia de seguridad, sin una apuesta fuerte por elevar los niveles de convivencia y sin una visible promoción de la cultura ciudadana, como si lo ha hecho por ejemplo Medellín con el Metro.

Hoy las personas no hacen fila, en cambio se amontonan en las entradas de las estaciones para abordar los buses ingresando a ellos a los empujones. Algunos hacen maromas para ingresar a los portales sin cancelar su pasaje, muchas veces en presencia de los auxiliares de la policía que no son capaces de interpelar a quienes infringen las normas, casi siempre estudiantes de colegio que pueden ser arrollados como le sucedió en 2010 a un menor de edad estudiante del colegio Nicolás Esguerra, que murió atropellado en la Avenida de las Américas. También han ocurrido incidentes de este tipo con habitantes de la calle que abordan los buses rojos con el ánimo de pedir una que otra monedita, quienes se suben a cantar, recitar poemas o vender golosinas, a pesar de ser todas estas actividades prohibidas en el sistema, por lo menos en el papel.

Otro de los temas que preocupa a los usuarios es el alto costo en los pasajes ($1.750 pesos), el más alto en América Latina, según expertos en transporte urbano especialmente si se mide con el parámetro de costo-beneficio. Héctor Riveros, quien fue secretario de Gobierno de Bogotá durante la administración de Enrique Peñalosa, aseguró en entrevista con Arco Iris que el sistema se diseñó con la idea de que la tarifa sería subsidiada y por eso comenzó en ($900) y dado que las empresas no han querido correr riesgos, está se ha aumentado paulatinamente hasta llegar a ser el doble hoy en día. Su último ajuste se hizo al finalizar la alcaldía por encargo de Clara López Obregón (diciembre de 2011).

El colapso también se explica en que mientras la Alcaldía de aquella época buscó que la parte de la tarifa que les correspondía a los empresarios privados se tasara de acuerdo a los kilómetros recorridos, pero finalmente está se tasó por número de usuarios transportados, lo que ha sido un incentivo para el sobrecupo.

A eso también se suma la demora de las frecuencias, el hacinamiento de estaciones y buses, los atracos y robos constantes y el absurdo cuello de botella que significa la compra de los tiquetes. Por eso los bloqueos se habían convertido en una rutina más de la ciudad.