Nada más parecido al Alcalde Petro que su Plan de Desarrollo.  Ambos tienen propósitos transformadores.  Proponen nuevos temas y sugieren innovadores enfoques.  Contemporizan con las preocupaciones del mundo de hoy. Y lo hacen desde una perspectiva progresista, como el nombre del movimiento que se inventó para ganar la Alcaldía.

Pero también se parecen en el resto. Porque muchas de las apuestas transformadoras se diluyen a la hora de examinar las estrategias, las metas y los recursos previstos. También se destaca cierto abuso de la voluntad que va más allá de la institucionalidad o de las competencias del Plan y del Alcalde. O en un afán por abarcar todo, que termina extraviando el sentido y contenido del cambio propuesto.

Sería equivocado discutir con el  enfoque de que el Plan “Bogotá Humana” nos propone. Porque las políticas de lucha contra la pobreza deben incorporar una apuesta por la reducción de la segregación socio-espacial. Así lo aconsejó en su momento el Informe de Desarrollo Humano para Bogotá del PNUD. Reducir la pobreza en una ciudad como Bogotá implica promover la mezcla de los estratos socioeconómicos en los usos del suelo y en el acceso a los equipamientos y servicios urbanos. Y también mejorar los ingresos de las familias disminuyendo sus gastos en educación, salud, servicios públicos, cultura, deporte y alimentación.  A salud y educación, el plan le asigna por ejemplo, el 26% y el 24% del presupuesto de inversión del Plan.

Como también sería necio oponerse al propósito de encarar el cambio climático. Al contrario, de lo más innovador es que por vez primera, un plan de desarrollo de Bogotá asume las preocupaciones ambientales como uno de sus tres ejes. Y propone el ordenamiento del territorio alrededor del agua, además de contemplar el control y la vigilancia de los predios mineros y de las áreas de protección. Y sería tacaño no reconocerle a Petro y al Plan su decisión por una política de atención de las victimas o su propósito de acoger la propuesta de una Secretaría de Seguridad o de la Secretaría de la Mujer.

Pero cuando el plan saca su tren de aterrizaje aparecen los problemas. La financiación del plan más caro en la historia de la ciudad, 61 billones de pesos, y principal condición de su viabilidad, tiene muchas incertidumbres.  Más de 11 billones son inciertos. Dependen de  2.8 billones de una modernización tributaria y de 4.3 billones de crédito, que deben ser aprobados a posteriori y en proyectos apartes por el Concejo. Y mas incierto aún, depende de 3.6 billones de una hipotética participación del capital privado.

Y de los asuntos más llamativos del aterrizaje es que mientras se es ambicioso en movilidad, se peca de modestia en educación y atención a la primera infancia. El gobierno se propone hacer de todo y al mismo tiempo para mejorar la movilidad capitalina. El 29% del total del Plan se invertirá en troncales de Transmilenio,  Metros pesado y liviano, tranvías, metrocables y un etcétera adicional sin jerarquización de las prioridades. Dato curioso es la obsesión por rehabilitar 84 kilómetros de vías férreas que son de la nación y que fueron construidas para atender la movilidad de la ciudad de la primera mitad del siglo XX. Mientras tanto se sacrifica la jornada única escolar, se disminuyen dramáticamente las metas de acceso a educación superior para los estratos más pobres y se embolatan los mil jardines infantiles con la “adecuación y dotación de 836 equipamientos para la atención de la niñez” que pueden ser salones comunales y hogares de estratos populares.

Hay otros componentes que requieren modificaciones en el proyecto del Plan. O bien porque sobran y constituyen verdaderos “micos” que desbordan sus alcances legales y normativos o porque merecen un examen mas detallado, como el cambio de la naturaleza de Transmilenio o la creación de un Banco Público. Y la ambiciosa y bienvenida meta de construir 70 mil viviendas de interés prioritario no debería amarrarse necesariamente a la renovación del “centro ampliado”.

El Alcalde debería tomar nota de las experiencias de gobernabilidad de la izquierda democrática. Los propósitos reformadores deben acompañarse de los instrumentos adecuados para su materialización. Y evitar caer en la tentación de la irresponsabilidad fiscal.

/ Antonio Sanguino

Concejal de Bogotá por el Partido Verde

@AntonioSanguino