En mi hambre mando yo

Foto: tomada de lavozdelpueblo.blogspot.com

-¿Ustedes son anticapitalistas?– Nos pregunta Juan Manuel Sánchez Gordillo, el alcalde de Marinaleda, el único pueblo del mundo que rige su economía y desarrolla su vida social conforme a las ideas que Marx y Engels describieron en el Manifiesto Comunista de 1848.

-Ñerdaaaaa…– es la única expresión que Agustín logra sacar de su repertorio caribeño para responder al alcalde, quien se ha sentado sobre un bordillo y juega con un palito en la mano, mientras nos explica las razones por la que ha sido reelegido alcalde por más de treinta y dos años y cómo consiguió llegar al parlamento andaluz con una de las votaciones más grandes obtenidas por la coalición de Izquierda Unida.

Somos cinco colombianos que nos interesamos por lo que está sucediendo en el pueblo de Marinaleda y viajamos hasta la región central de Andalucía -una tierra en la que los partidos políticos de principios del siglo veinte eran partidas de pistoleros y los bandidos mandaban en los caminos– para ver con nuestros propios ojos que tan cierta es la creciente fama que este lugar despierta entre la izquierda mundial hasta el punto de que conocidos cantautores como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina o Manu Chao van hasta allí para cantar gratis o porqué altos funcionarios del gobierno bolivariano de Venezuela vuelven sus ojos hacía esa localidad española.

-Yo pago 15 euros (unos 35 mil pesos colombianos) de cuota mensual por la vivienda nueva que me entregó el municipio– nos cuenta un hombre de unos cuarenta años que apura una cerveza en el bar llamado “Otro mundo es posible”. Vivo con mi esposa y tenemos WIFI gratis en todo el pueblo y por nuestro bebé pagamos 12 euros mensuales para que lo cuiden mientras nosotros trabajamos.

Aquel tipo de sociedades utópicas que crecieron en los Estados Unidos en los albores del diecinueve y luego fracasaron, las cuales fueron descritas En America, la última obra de la desaparecida escritora norteamericana Susan Sontag, parecen estar reeditándose en Marinaleda por obra y gracia de sus tres mil habitantes que en cada proceso electoral seleccionan en asamblea popular a los candidatos al Ayuntamiento (Concejo Municipal)y con sus votos eligen por el partido anticapitalista dirigido por Gordillo a nueve de los once integrantes con los que cuenta la corporación popular.

Gloria, se llama una de los nueve concejales electos por Izquierda Unida, de los cuales cuatro son mujeres. Es una chica carirredonda y de baja estatura que sonríe con bastante facilidad. Mientras voy charlando a su lado en dirección a la sede del Ayuntamiento me cuenta que los concejales de Marinaleda no cobran sueldo por sus funciones públicas y cada uno de ellos vive de su arte u oficio. Me gusta trabajar al aire libre y me gano la vida como jornalera en el proyecto colectivo de Los Humosos, una hacienda que fue expropiada por el Estado hace varios años y entregada a los campesinos y hoy día es un exitoso complejo agroindustrial gestionado por los propios trabajadores. Antes de abrir la puerta del ayuntamiento Gloria me dice que en el pueblo no hay policía porque no se necesita y con esta decisión gubernamental se ahorra una cantidad de dinero que se destina a obras sociales tales como los escenarios deportivos, residencias para personas de la tercera edad, bibliotecas o parques recreativos. La gente que dirige los destinos de Marinaleda desde hace más de treinta años ha conseguido darle la vuelta a la tortilla y sus impuestos no van a parar a manos parasitarias y por esta razón cada vecino recibe 54 veces más del dinero que aporta a las arcas municipales.

-En mi hambre mando yo– nos dice Miguel con su talante andaluz antes de llevarse un trago de brandy a la boca, y enseguida nos cuenta lo que piensa sobre las cosas que están sucediendo en Marinaleda y sus alrededores. A diferencia de la mayoría de los habitantes de Marinaleda que son obreros o jornaleros en el campo, Miguel es un propietario que explota su tierra y defiende lo que está haciendola Izquierdaen la región y nos asegura, con una prosa exuberante, que el carácter social de la tierra viene desde los tiempos de Roma. En estos tiempos que corren no se puede permitir que la tierra esté sin producir alimentos para la gente, recalca Miguel, quien ha invertido capital para producir oliva y otros productos agrícolas en su propiedad.

Son más de las cuatro de la tarde y los fucilazos del sol aún cuentan con suficiente poderío para hacernos sudar, mientras caminamos junto a Sánchez Gordillo por los espaciosos jardines que la administración que preside ha construido por fases. Es domingo y el alcalde da muestras de ser un hombre incombustible, entregado a la causa de su pueblo sin ganar beneficios personales y prueba de ello es que su sueldo, a iniciativa de él y sus compañeros de partido, no supera al de un simple jornalero.

-Un metro verde por habitante es nuestro objetivo y lo estamos consiguiendo- dice el alcalde señalando los árboles que crecen en lo que era tierra yerta, al tiempo que se seca el sudor que corre por su frente con la Kufiyya, el pañuelo palestino que lleva alrededor de su cuello-. Es más, estamos proyectando el impulso de las energías renovables y el sol será la fuente principal de energía para nuestras instalaciones deportivas, la residencia de ancianos y los huertos sociales.

“Marinaleda una utopía hacía la paz”, es el emblema que rige la vida cotidiana de los habitantes de esta comarca andaluza que ejercita la fraternidad y la solidaridad a través de acciones colmadas de contenido. Cada año, al municipio llegan veinte niños procedentes de Palestina y otros veinte más llegan desde los campamentos de refugiados saharauis y permanecen allí durante dos meses. Cada niño es recibido en el seno de una familia que le da techo y pan pero sobre todo le brinda cariño y amor.

Seguimos recorriendo las calles y las plazoletas del pueblo que fueron rebautizadas con los nombres de Che Guevara, Antonio Machado, Jornaleros…plaza Salvador Allende…en fin…y nos encontramos con un grupo de unas cuarenta personas de todas las edades y condiciones que habían viajado desde una población del sur de Portugal para ver de que forma podían replicar la experiencia de Marinaleda en su municipio. Nos hubiera gustado pasar más horas escuchando el cuento de Sánchez Gordillo pero debíamos volver a Sevilla para tomar un tren de vuelta a casa.

-Ñerdaaaaa…tronco de cuento anticapitalista– nos carcajeamos todos al escuchar el vocerrón del viejo Agustín cuando nos alejábamos de Marinaleda.

/ Yezid Arteta Dávila

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