A punto de terminarse el año en que se inició el último proceso de paz colombiano, vale la pena considerar los cambios políticos operados en la población campesina, la más afectada por la violencia.

No es propiamente la misma que conoció el experimento de la Unión Patriótica hace veinticinco años, cuando las Farc estaban a punto de convertirse en un ejército poderoso y el Estado no poseía aún la capacidad de derrotarlo. Ahora la población campesina, martirizada por la guerra y sedienta de paz para rehacer su vida, siente el acompañamiento de aquellos a quienes los poderes estatales colombianos señalaron como cómplices y azuzadores del conflicto: los gobiernos venezolano y cubano.

La movilización campesina por la paz y la tierra aparece ahora comandada por centenares de organizaciones sociales que rompieron con el aislamiento y las particularidades del pasado y que operan a través de redes y enlaces de redes, que aprovechan al máximo las nuevas técnicas de comunicación masiva y viven al día en materia informativa, como cualquier ente social urbano. En ese campo, las nuevas generaciones alfabetizadas del campo, hombres y mujeres de mentalidad independiente, alimentan el flujo de los conocimientos políticos y alientan el oficio de los sectores experimentados en la lucha social. Hoy los sorprendidos no son los campesinos sino los citadinos que los visitan.

Fenómenos democráticos nuevos, como el Polo Democrático y los Verdes, están cosechando los resultados de su oportunismo y contubernio con la corrupción del Estado y han desaparecido del escenario.

La dirección ideológica de las organizaciones no parte preferentemente de los reductos comunistas o marxistas, como en el pasado cercano, sino de núcleos independientes, más que todo influidos por el movimiento bolivariano que pregona la experiencia política venezolana. No hay que descartar que toda invocación a la bondad divina y a los poderes ultraterrenales hecha por el presidente Chávez torne la experiencia política de nuestros más cercanos vecinos más creíble y sincera para las arraigadas convicciones mágicas del mundo campesino. El campesinado parece haberse dado cuenta de que el atraso, la pobreza, el despojo histórico de pequeña propiedad de las familias del campo por el latifundio y la violencia pueden derrotarse sin necesidad de una revolución social, solo con la erección de un gobierno que responda a las demandas históricas de los sectores populares.

Fenómenos democráticos nuevos, como el Polo Democrático y los Verdes, están cosechando los resultados de su oportunismo y contubernio con la corrupción del Estado y han desaparecido del escenario, mientras los barones del latifundismo y la violencia siguen aferrados a los puestos públicos y mantienen sus contactos con los aparatos del paramilitarismo, punta de lanza de la reacción contra la organización y la movilización del campesinado. El acompañamiento político más destacado proviene de las asociaciones de Derechos Humanos, los núcleos estudiantiles y los sindicatos de la industria del petróleo y el carbón, así como de las organizaciones del oro y la palma, que sobreviven en medio del retroceso general del sindicalismo.

Por su parte, la guerrilla, ahora dueña de empresas mineras clandestinas, sigue controlando territorios y comerciando con las redes del narcotráfico, a la espera de los resultados de La Habana. Agreguemos que la situación de hecho que existía hasta la destrucción del proyecto pacífico de la Unión Patriótica, consistente en que la acción armada se limitaba a los espacios rurales, dejó de existir desde entonces: el partido se negó a trasladar su actividad al campo, como lo exigió una guerrilla excitada por sus triunfos, y ésta creó un Partido Comunista Clandestino que opera también en las zonas urbanas. Ese acto marcó la separación política entre las dos fuerzas, y sus resultados se están viendo en el presente. La actividad guerrillera fariana nunca dependió de órdenes externas y ahora marcha por completo al margen de las decisiones que pueda tomar el Partido legal.

Quienes estudian el desenvolvimiento actual de las organizaciones sociales campesinas de la minería, la defensa de los recursos naturales y el medio ambiente frente a la escandalosa entrega de la tierra, el agua y el trabajo campesino  hecha por los gobiernos a las empresas multinacionales perciben los cambios del presente .

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