Y en esta hora de reconciliación y perdones, ¿dónde están los sindicatos?

El interrogante salta a la vista ante la noticia de que la huelga de trabajadores de la Carbones de la Jagua (Jagua de Ibirico, Cesar), después de 98 días de aparente normal desarrollo, fue levantada sin ningún acuerdo entre las partes y obligada a acudir a un tribunal de arbitramento obligatorio, que los voraces empresarios extranjeros (Drummond y Glencore) intentarán dilatar tediosamente, en el afán de acabar finalmente con el sindicato.

Era prácticamente la única huelga obrera que quedaba en pie en el país, después de que la suspensión del trabajo de sus compañeros de labor del Ferrocarril del Norte (Fenoco) había sido declarada ilegal. La idea de los líderes sindicales era paralizar el transporte del carbón a los puertos de embarque en el mar Caribe y poner en serios aprietos a sus patronos. Pero es evidente que allí operó un fenómeno que está corroyendo el esquema general del sindicalismo colombiano: la división de sus filas.

Ahora es más claro que la destrucción de los sindicatos emprendida particularmente por Álvaro Uribe dio resultado. El mejor ejemplo lo da la más importante industria nacional, Ecopetrol, con anuencia de la cual sus empresas contratistas meten fuerzas militares en los campos de producción para reprimir cualquier conato de protesta y despiden ipso facto a quienes se atreven a afiliarse a cualquier sindicato independiente, como pasa con la USO. Junto a éste solo quedan en pie los del banano, el carbón, el magisterio oficial, la salud pública, la banca, la alimentación, y todos –con excepción del bananero, que está bajo protección paramilitar– están en la mira patronal. Si se prescinde del magisterio, en todos esos espacios domina olímpicamente el trabajo temporal, tercerizado y subcontratado, de casi imposible sindicalización.

A finales de 2011, como corolario de brutales tratos dados por unidades del Ejército a activistas y dirigentes sindicales, el país vio escandalizado de qué manera el intento de la USO de crear un sindicato en el campo petrolífero de Pacific Rubiales instalado en Puerto Gaitán terminó en la expulsión violenta de los líderes obreros y la imposición de un sindicato de la simpatía de los patronos, que ni pita ni suena en materia de defensa de los intereses nacionales.

Después de que el paramilitarismo destruyera pistola en mano las organizaciones obreras de las empresas de palma aceitera del Magdalena Medio y las convirtiera en Cooperativas de Trabajo Asociado bajo su directa vigilancia, un valeroso intento de repudiar a las CTA y reconstruir los sindicatos en predios de Puerto Wilches logró que el actual gobierno nacional –que revivía entonces el Ministerio de Trabajo– impusiera multas a las empresas e hiciera bulla con el fin de las famosas cooperativas para que el gobierno USA le firmara el TLC, pero en febrero del presente año todo terminó en burla de acuerdos y multas y la evaporación del movimiento que buscaba el desmonte de las CTA. Hoy estamos igual o peor que antes en materia de informalidad del trabajo, pero con TLC.

Ahora es más claro que la destrucción de los sindicatos emprendida particularmente por Álvaro Uribe dio resultado. El mejor ejemplo lo da la más importante industria nacional, Ecopetrol.

El propio sindicato del magisterio –que compone la mayoría de la dirección ejecutiva de la CUT– tiene graves problemas internos. En varios de sus escenarios, tan decisivos como Valle del Cauca, Santander, la Costa Caribe y Antioquia, hay alarmantes brotes de burocratismo y corrupción. En el distrito de Bogotá, para no ir más lejos, el sindicato magisterial –siguiendo el camino trazado por la dirección nacional del PDA– nunca denunció el carrusel de los contratos de la familia Moreno Rojas y eso contribuyó a su desprestigio. Como resultado de las discrepancias, el congreso de Fecode, que debía haberse efectuado el año pasado, fue transferido a 2013. Pero la batalladora federación que fuera fundada en 1959 nunca se atrevió a convertirse en sindicato nacional de la rama educativa, como era de esperar en la era contemporánea, y prefirió funcionar como una asociación voluntaria de sindicatos departamentales (32 actualmente), cada uno con su directiva, sus entronques locales y sus pasiones políticas. Fecode está limitada a las escuelas primarias y todo el espectro de la enseñanza secundaria y superior está hoy prácticamente en receso, corroído por la división y sin una visión nacional de lo que pasa en el país.

Los malos ejemplos cunden, dicen los moralistas. El sindicato de empleados de la Justicia, Asonal Judicial, que fundara el siempre admirado Jaime Pardo Leal hace una treintena de años, desde 2010 está partido en dos bandos que hoy, en medio de una huelga que dura ya más de un mes, se muestran mutuamente los puños en el afán de asegurarse el comando de la organización.

En esas condiciones de división, ¿cómo lograr que el movimiento sindical contribuya a despejar la perspectiva de paz que ha comenzado a abrirse en el país?

     Estar o no estar, he ahí el dilema

La dirección mayoritaria de la CUT cree que el apoyo dado a la UP en el pasado fue un grave error político y ahora no está dispuesta a repetir la dosis con la Marcha Patriótica. Los comunistas, que fueron la única fuerza política que disolvió su aparato sindical (la Cstc) para fundar la CUT en 1986, han sido marginados de las actividades de la central unitaria y la representación mayoritaria de la central en el PDA votó a favor de la reciente expulsión del PC.

El sector más fuerte del sindicalismo está bajo el control de fuerzas de izquierda, particularmente el Moir y el PC, enemigos históricos que no se paran en pelillos y hacen alianzas con los sectores de centro y de derecha para no ser desalojados de los cargos decisivos. El más cercano capítulo de esa forzada alianza se produjo en la última campaña presidencial, cuando moiristas y comunistas desconocieron el triunfo de la nominación presidencial de Petro; a consecuencia de ello los votantes de la izquierda respondieron sepultando la concejalía del PC y catapultando al odiado Petro –denunciante principal del “carrusel de la contratación”– a la primera alcaldía del país. Ahora a ellos, PC y Moir –que ocultan sus responsabilidades en ese oscuro capítulo de descomposición de la izquierda– casi nada los une. El PC se montó en la Marcha antes de que lo dejara el último bus de la tarde y el Moir y sus cercanos se aferraron a las palancas de un Polo Democrático desacreditado, sin votos, al cual ni la honorable y ondeante figura del magistrado Carlos Gaviria logrará salvar del desastre final.

Naturalmente, ese funesto desenlace no obra a favor de la causa de los trabajadores. El problema es que el sindicalismo de clase –ese que trasciende la leyenda capitalista del “trabajo decente” y mira hacia la transformación de la sociedad–, está profundamente debilitado por el oportunismo de la izquierda, tan apegada a las prebendas del Estado como el sindicalismo oficial.

Todavía es temprano para advertir un cambio en las operaciones de las fuerzas laborales, pero no puede descartarse que su parte más lúcida se deshaga de las pantomimas de sus dirigentes históricos y los obligue a comprometerse con el escenario central que comienza a crearse en el país: la deposición de la violencia –la aceptación de la derrota de un movimiento armado de 50 años– y el tránsito hacia un nuevo escenario de lucha social no presidido por la guerra.

/ Por Álvaro Delgado

Este es un espacio de opinión del portal ArcoIris.com.co destinado a columnistas y blogueros. Los puntos de vista y juicios aquí expresados pertenecen exclusivamente a sus autores y no reflejan ni comprometen institucionalmente a la Corporación Nuevo Arco Iris.