“Consideramos esta fecha como la fundación de nuestra asociación porque fue la primera vez que, como grupo civil organizado, fuimos tenidos en cuenta” (testimonio sobre la entrevista con las Farc de mayo de 1987, p. 481).

La reciente publicación de las memorias de la más importante organización campesina del Carare[1] constituye una ayuda singular para entender de qué manera el campesinado colombiano ha entendido el carácter del conflicto armado interno del país.

Se trata de testimonios de dirigentes y activistas, recogidos en su fuente y que describen el drama de un núcleo poblacional sometido a la vesania de sus amigos y sus enemigos y que encontró caminos para vencer a la muerte y renacer. El atroz asesinato de sus dirigentes y de la periodista Silvia Duzán, quien los entrevistaba en un lugar público, conmovió a la opinión política internacional y explica que la Asociación de Trabajadores del Carare (Atcc) se hiciera acreedora al Premio Nobel de Paz Alternativo.

A comienzos de los años 80, la arremetida paramilitar sobre el Carare, emprendida desde Puerto Boyacá en asocio con el Ejército, provocó el retiro de la guerrilla a zonas marginales, “nuevos desplazamientos campesinos, el monopolio en la región de los partidos tradicionales y la consecuente desaparición de las fuerzas de oposición. Con la instalación del paramilitarismo se ampliaron los cultivos de coca y la oportunidad para algunos colonos de participar en la economía ilícita, lo cual condujo a la conversión del Carare en una zona dependiente de las autodefensas de Puerto Boyacá, que colindaba con el territorio dominado por el Bloque Central Bolívar” (p. 69).

La Memoria afirma que “La guerra transgredió entonces las formas socioculturales construidas en el proceso de colonización […] acabó con las vidas de los líderes tradicionales, transformó la estructura familiar con el asesinato de muchos hombres cabeza de familia, afectó las dinámicas productivas y cambió las formas de justicia” (p. 55). En esas circunstancias se creó la Atcc en el corregimiento de La India.

Para entonces “la guerrilla convierte en blancos de secuestros y extorsiones a hacendados, ganaderos y negociantes de madera […] otros lugares aledaños a Cimitarra comenzaron a ser objeto especialmente de tomas guerrilleras” (p. 93). Entretanto, el paramilitarismo, firmemente establecido en Puerto Boyacá, aprovechó la primera elección popular de alcaldes de 1988 para hacerse a las alcaldías de ese municipio y de los de Puerto Boyacá, Cimitarra, Landázury, Puerto Triunfo y Puerto Berrío.

El orden social del invasor

¿Cómo interpretaba el campesinado carareño su inmersión en un pozo de violencia cuyos manejadores afirmaban, cada uno por su lado, ser sus redentores? Desde luego, respecto de los paramilitares y sus principales animadores incrustados en las jefaturas del Ejército, las cosas están claras: de su catadura delictiva dicen las investigaciones judiciales. El problema está entre el campesinado y la guerrilla, que no es una organización criminal sino política, así utilice las armas.

En nuestra ayuda vienen testimonios de campesinos recogidos en un documento de la Atcc entregado a las Farc. De acuerdo con el mismo, las actuaciones de las Farc –aparecidas en la región en 1965– “se caracterizan por ser humanistas y desde luego, muy convincentes, motivo por el cual la mayoría de los habitantes siguen con anhelo y entusiasmo la enseñanza de los revolucionarios de la época” (p. 478); “Para nosotros la guerrilla era el ejército del pueblo, la defensora de nuestros derechos –porque así ha sido llamada–, pero llegaron momentos en que nosotros, mirando lo dicho y mirando lo acontecido, entre los dos había mucha diferencia, apreciados amigos. Desgraciadamente nos llegaron casos muy, muy desagradables, como fue la muerte de algunos de nuestros amigos más queridos de la vida. Al ver estos casos a nosotros nos tocó ir a pensar en otra forma, ir pensando con otra cabeza, porque dijimos: ‘Hermanos, ya esto como que no es así. Entonces unámonos nosotros los pobres, los desalmados. Vamos a unirnos y vamos a luchar nosotros por nosotros mismos, porque ya no hay quién luche por nosotros” (p. 485).

Un tercer documento afirma que “Las promesas de defender a los campesinos por parte de la guerrilla no aparecieron, pero sí apareció la más absurda ola de asesinatos, proporcionada por la misma guerrilla. Fueron muchos los campesinos que entregaron su vida y que nunca supieron la causa de su condena inocente”. “Se observa entonces –afirma el documento de la Atcc– que existe una especie de competencia entre guerrilleros y militares, a ver quién mataba más campesinos, pero entre guerrilla y Ejército no se hacían nada; solo calmaban su furia contra quien no tenía la menor posibilidad de defenderse” (p. 479).

En el Carare se repitió la experiencia nacional, en el sentido de que la estrategia de las Farc nunca contempló el enfrentamiento con las huestes paramilitares, ni siquiera cuando de por medio estuvo la destrucción de la Unión Patriótica. La memoria campesina del Carare va más lejos y sostiene que “se observa entonces que existe una especie de competencia entre guerrilleros y militares, haber (a ver) quién mataba más campesinos; pero entre guerrilla y ejército no se hacían nada. Solo calmaban su furia contra quienes no tenían la menor posibilidad de defenderse” (p. 303). Con tal criterio, la guerrilla habría puesto en marcha un plan de parcelaciones de tierra en el Carare.

El Grupo de Memoria Histórica estima que “La inconformidad más o menos extendida generada por la iniciativa de parcelación de tierras de las Farc puede ser interpretada como una reacción del campesinado a una amenaza a sus formas y proyecto de vida” (p. 328). “Este fue un acto de resistencia de primer orden, pues existían normas explícitas impuestas por los grupos armados que prohibían las reuniones de más de tres campesinos” (p. 345).

Los documentos relacionados con una reunión de los campesinos y la guerrilla dedicada a decidir sobre la tierra perteneciente a Josué Vargas, presidente de la Acc, precisa todavía más las cosas. “Esta reunión –sostiene la Memoria– condensa varios aspectos clave del proceso de resistencia. En primer lugar, manifiesta una contradicción entre el sentido de justicia del campesinado y el de las Farc. Esta contradicción se manifiesta, en primera instancia, en las fuentes de legitimidad para la tenencia de la tierra. Las Farc desconocen el trabajo que Josué ha invertido por años de arduo trabajo en mejorar las tierras que ha tomado; trabajo que es reconocido por los otros campesinos, que encuentran un sinsentido que ahora las Farc quiera dárselas a ‘un sinvergüenza que no le ha dado un rublazo al monte’”, para reproducir palabras empleadas por un campesino de La India (p. 311).

El testimonio de otro campesino hace una apreciación generalizada en la región: “Yo pienso que si hubiera sido el Ejército el que cometió toda esa cantidad de crímenes, o hubiera sido solamente la guerrilla la que estaba matando allá adentro, tal vez el grueso de la población se hubiera decidido por lo bueno. Pero es que aquí no había por dónde irse uno. Todos estaban atropellando a la población campesina. No había a quién escoger” (p. 323).

            El momento de la decisión

El momento cuando la parte más consciente del campesinado carareño decide organizar la resistencia civil a la violencia fue la culminación de su esfuerzo, porque venció a la muerte. Así lo registran los siguientes pasajes de la Memoria:

“En el caso de la Atcc existen registros testimoniales que señalan cómo durante la segunda mitad de la década de los noventa en adelante, algunos campesinos recurrían a los grupos armados cuando el fallo de la Atcc no era de su agrado (p. 360). Pero llegó un momento en que el campesinado del Carare, asediado por los cuatro costados, decidió sin embargo resistir organizadamente. Ese momento está marcado por la siguiente reflexión de un campesino: ‘Para mí no es tan importante el diálogo ni con autodefensas ni con guerrilla, para mí es importante es el diálogo con nosotros […] no nos afanemos tanto de andar a la pata de la guerrilla y a la pata del grupo de autodefensa, porque tenemos es que andar uniéndonos nosotros y concientizarnos de qué es lo que debemos hacer’” (entrevista a campesino, sin fecha, p. 344).

“Teníamos capacidad investigativa también, capacidad de resolución de conflictos la teníamos, y se demostró bien. Todo lo que ellos manejaran como debilidad nuestra para poder manejar a la comunidad, nosotros lo manejábamos mejor que ellos. Era una estructura política organizativa en las mismas redes de ellos, en sus mismos puntos de ellos, sin necesidad de agredir a nadie” (entrevista a líder campesino de La India, marzo 2010) (p. 358).

“En efecto, la Atcc derivó su poder político en la región, que le permitió establecer cierto equilibrio con los armados, de una oferta de regulación social y tramitación de conflictos alternativa a la de los armados. La función de la Atcc como proveedora de servicios de regulación social era consecuente con la recuperación de la autodeterminación campesina” (p. 358).

“La guerra, además, no les resultaba legítima […] la propuesta revolucionaria y la política perdían sentido, porque ninguno de los grupos armados representaba los intereses del campesinado y porque la justicia administrada por los grupos armados podía ser asumida por la comunidad” (p. 367).

“[…] antes de crear la organización, sin ni siquiera saber el nombre que le iban a colocar a la organización, unos líderes que se estaban preocupando por la violencia que se estaba generando, entonces los unos a los otros se decían: No, hermano, a esto hay que ponerle pare, que esto hay que bregar a mejorarlo, que no sé qué, y el otro decía: sí, mano, pero cómo lo hacemos, y así se quedaba en dos, tres personas, pero resulta que al otro día se encontraban con otras personas que también tenían la misma preocupación, y entonces inclusive se hacen los diálogos a escondidas, porque la gente no se podía reunir, entonces de esos diálogos empezaron a generarse unos principios. Vamos a organizarnos, pero de qué manera. Yo creo que aquí todos saben que también se pensó aspirar a las armas, es decir, conformar un cuarto grupo armado, pero a través de esos diálogos dicen no, mano, no podemos armarnos, tenemos que buscar otra estrategia” (primer encuentro de Grupo de Memoria Histórica con la Atcc, febrero 2010, p. 368).

/ Por Álvaro Delgado

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[1] El orden desarmado. La resistencia de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (Atcc). Informe del Grupo de Memoria Histórica. Cnrr, 2011.