La vida de Emanuel en manos de Crisanto

/ Por Pacho Escobar. La vida de Crisanto Gómez cambió el día en que las Farc lo mandaron a llamar para que cuidara a un bebé de ocho meses de nacido, hijo de una supuesta guerrillera. Le pidieron llevar al pequeño donde su suegro, “el curandero” del caserío, para que lo sanara porque venía enfermo: tenía un brazo fracturado y varias llagas en la piel causadas por insectos y bichos de selva virgen. Prometieron que volverían por él en una semana. Crisanto se quedó esperando.

El niño fue atendido por el suegro de Crisanto, quien como pudo le entablilló el brazo y puso en la llaga más grande un emplasto natural para sanar la infección. Luego esperaron el regreso de los guerrilleros. El rancho de madera del campesino, quien mantenía a su familia trabajando como raspachín de hoja de coca, quedaba en El Retorno, un inhóspito pueblo a orillas del río Inírida, adonde solo se podía llegar o salir en canoa. Un lugar olvidado que “ni el gobernador del Guaviare sabe que existe”, dicen sus habitantes.

Los días pasaban y los guerrilleros no aparecían. Entonces la familia de Crisanto decidió que al bebé había que ponerle un nombre. El niño mayor decidió llamarlo Pegui, como el dibujo animado que habían visto en un cuaderno deshojado en el que aprendía a leer y escribir.

Al mes, la gente comenzó a preguntar por el nuevo integrante de la familia. Crisanto respondía que una prima suya había muerto y el niño no tenía dónde vivir. Era tan precaria su situación económica, que muchas veces si desayunaban no comían. Una de las vecinas asegura haber compartido sus alimentos con los de aquella familia en varias ocasiones. La esposa de Crisanto peleó varias veces con él, exigiéndole entregar el niño a personas que pudieran mantenerlo. Pero el obstinado campesino había decidido criarlo como un hijo más.

Las enfermedades que traía el pequeño Pegui se salieron de las manos. Diarrea, piel pálida y el llanto inconsolable hicieron que Crisanto tomara la decisión de llevarlo al hospital más cercano. Pero, según el campesino, la guerrilla había aparecido para decirle que debía seguir cuidando al niño mientras los combates cesaban y que por nada del mundo lo sacara del caserío. A los muchos padecimientos de Pegui, se sumaría una infección intestinal severa de uno de sus hijos legítimos. Haciendo caso omiso a las órdenes de la guerrilla, Crisanto subió a Pegui en una canoa y navegó río arriba hacia el hospital de San José del Guaviare.

Crisanto Gómez (izquierda) es representado en el filme por el galardonado actor español Luis Tosar (derecha), contando una historia dramática de pobreza, hambre y guerrilla. 

Allá encontraría otro problema: demostrar que ese niño hacía parte de su familia. Los funcionarios exigieron el registro civil de Pegui, entonces el campesino buscó la manera de conseguir el documento. “Lo importante era que atendieran al bebé, el registro civil había que conseguirlo como fuera”, aseguraría más tarde Crisanto. Así lo hizo y el niño quedó registrado con el nombre de Juan David Gómez Tapiero, hijo de Martha Gómez Tapiero, supuesta hermana de Crisanto. Surgió entonces otra dificultad: el estado de salud del menor, quien padecía de desnutrición, paludismo, diarrea aguda, leishmaniasis, además de una fractura en el húmero del brazo derecho.

Con dicho diagnostico, el menor tuvo que ser trasladado de urgencia a un hospital de mayor nivel en Bogotá. Pero la directora del centro hospitalario iría más lejos, en el documento denunció a los acudientes por maltrato familiar, abandono social y negligencia. Por dichas razones pidió que el bebé quedara bajo el amparo del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar hasta tanto se recuperara y apareciera la supuesta hermana de Crisanto; es decir, la verdadera madre a reclamarlo. El acudiente no pondría problema.

Pasarían cerca de dos años en los cuales el niño estuvo alojado en un hogar de paso en la capital del país. Periódicamente, Crisanto recibía comunicaciones formales del ICBF informando el lugar exacto y las condiciones de salud en las que permanecía el niño. Según el campesino, la única vez que la guerrilla preguntó por el menor, éste les dijo que estaba donde una prima en Bogotá, donde lo podían cuidar mejor. Por su situación económica y por el enredo del registro civil, durante ese tiempo el hombre no intentó recuperar la custodia del niño.

Pero en diciembre de 2007 la situación en la zona se puso tensa. Guerrilleros llegaron a su casa exigiendo el regreso del menor. Crisanto se comprometería a entregarlo en una semana, en cuanto su supuesta prima lo trajera de Bogotá. Días más tarde un hombre interceptó al campesino, le apuntó con un arma y le dio 24 horas para que el niño apareciera. Al advertir que el plazo era imposible de cumplir, Crisanto se trasladó con su familia a San José del Guaviare y le contó al Defensor del Pueblo lo que estaba sucediendo.

Según Crisanto, estaban por descubrir una verdad que traería la desgracia a su casa. A finales de 2007 la guerrilla de las Farc había anunciado que liberaría a las dirigentes políticas Consuelo González de Perdomo y Clara Rojas, ésta última, extraordinariamente, regresaría del secuestro con el primogénito que había tenido en pleno cautiverio. Tal información la confirmó el policía Jhon Frank Pinchao, que ese mismo año se fugó de un campamento guerrillero después de pasar nueve años secuestrado. Pinchao relataría muchos hechos, entre ellos el nacimiento el 16 de abril de 2004 de Emmanuel, hijo de Clara Rojas.

En una producción que costó más de tres millones de dólares, el español Miguel Courtois grabó “Operación  E” en tres locaciones colombianas: los llanos orientales, la base de Tolemaida y Villavicencio.

Crisanto y el Defensor del Pueblo ataron cabos y concluyeron que el pequeño Peggy era Emmanuel y que la razón por la cual las Farc habían retrasado la entrega de Clara Rojas y de Consuelo González era que no tenían en sus manos al menor. La información se filtró en la inteligencia militar y el 31 de diciembre de 2007 el presidente Álvaro Uribe Vélez desmintió a las Farc sobre el paradero del pequeño Emmanuel. La alocución puso en riesgo la vida de Crisanto y de su familia, porque para el momento aún seguían en el Guaviare. De inmediato el campesino viajó en un bus hacía Bogotá para integrarse al plan protección de testigos de la Fiscalía General de la Nación.

Emmanuel fue trasladado de inmediato a un hogar secreto para salvaguardar su seguridad por la mentira de los guerrilleros. Diez días después, el 10 de enero de 2008, Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo regresaron a la libertad. Cuatro días más tarde, Emmanuel se reencontró con su verdadera madre. Pero la historia no tendría un final feliz para Crisanto. En mayo de 2008 la Fiscalía lo detuvo acusándolo de los delitos de rebelión en concurso con secuestro simple agravado, fraude procesal y falso testimonio. Pasó de ser el hombre que no dejó morir a Emmanuel al secuestrador del menor. “El día que el país supo que el niño no estaba en poder de la guerrilla sino con el ICBF, ese día supe quien era él, yo no sabía quién era la madre”, dijo Crisanto.

A la cárcel, además de su pequeña familia, lo iría a visitar una productora de cine europeo interesada en su historia. Crisanto cedió los derechos de su relato y además le alcanzó el tiempo para escribir un libro llamado El hijo de la selva. La película se filmó en menos de ocho meses. Cuando Clara Rojas, se enteró que acababan de hacer una película con la historia de su hijo, puso el grito en el cielo. Rojas expresó no saber si estaban ante el relato de un secuestrador o de un simple campesino. Pero el filme ya es un hecho. Fue dirigido por el español Miguel Courtois, protagonizado por Luis Tosar y la actriz colombiana Martina García. Grabado en locaciones colombianas, con un presupuesto de tres millones de dólares y el patrocinio de Televisión Española y Canal + de Francia.

Aunque José Crisanto Gómez acaba de salir temporalmente de la cárcel La Picota, donde estuvo preso cuatro años, no sabe si podrá ver en diciembre el estreno de la película, pues ha denunciado que las Farc lo buscan para asesinarlo y no sabe dónde esconderse, tal vez hubiese sido mejor, dice él, “haberse quedado en la cárcel, como el final de la película”.

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