Ya comienza a calar  la idea de que habrá un acuerdo de paz con las Farc. Si es que eso se puede llamar paz.  No habrá una solución al conflicto colombiano mientras no se dimensione realmente que significa el termino “paz” y si los colombianos somos capaces objetivamente de entenderla como una gran cruzada (en el buen sentido de la palabra) de reconciliación nacional y no como el desarme de grupos aislados.

Los acuerdos de paz que ha celebrado el estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones pero no han logrado generar la paz. El conflicto se ha reciclado, se ha reencauchado y se ha repotenciado, en la mayoría de los casos con parte de los actores que aparentemente desarmaron. Poco tuvieron esos acuerdos de reintegración a la vida civil de los desmovilizados y absolutamente nada de verdad, reparación, restitución, cero  en justicia, temas de los que ni siquiera se mencionaban en las negociaciones. Se partía (y parece que aun se parte) del principio no escrito de que se requería la mas absoluta impunidad. Perdón y olvido; Borrón y cuenta nueva; Punto final.

En ese orden de ideas, los acuerdos no produjeron paz por que nunca hubo un propósito de reconciliación. En cada acuerdo improvisado, el “postconflicto” ha  llegado a ser peor que el mismo conflicto que se quiso terminar.

El único proceso de paz de la historia colombiana donde se mencionó y se hizo evidente la necesidad de la reconciliación nacional, fue en el proceso de desmovilización de las AUC, a partir de la ley 975 de 2005, “de Justicia y Paz”. Ya los nuevos estándares internacionales evidenciaron la necesidad de la verdad y la reparación  como prerrequisitos de la justicia necesaria en la sanción de cualquiera violación de los derechos humanos. Pero también evidenciaron la necesidad de reconstruir el tejido social de una forma sistemática y organizada que permitiera no solo la reintegración de los excombatientes a la sociedad, sino su acogimiento por parte de esta, generando una sana convivencia y que fuera sostenible en el tiempo.

Las causas objetivas del conflicto no son “el discurso mamerto” como despectivamente se les califica para invisibilizarlas en una negociación. Son realidades evidentes y los acuerdos de paz nunca las han considerado. La pobreza absoluta, la desigualdad social, la exclusión social y política, la imposibilidad de acceder a la justicia, la no salud, la no educación, la negación de la vida en condiciones dignas para todos, no han sido parte de esos acuerdos en forma alguna, y seguramente no lo serán jamás. Son solo argumentos que les sirven a los violentólogos para justificar porque los colombianos son tan violentos, sin ofrecer ninguna solución.

Pero para alcanzar la paz, la reconciliación nacional y hacerla sostenible se requiere mucho mas que un acuerdo con las guerrillas.  Ya el hecho de lograr su desmovilización y sometimiento al derecho es una labor titánica, la reintegración y el acogimiento de la sociedad a los excombatientes será otra inmensa labor, mas difícil aun que el logro del acuerdo.

Acuerdos de paz  celebrados por el Estado colombiano con diversos actores armados a lo largo de la historia han logrado desactivar temporalmente el conflicto en algunas regiones,  pero no han logrado generar la paz.

Se requiere generar una cultura de la reconciliación y esto implica abrir espacios conversacionales con todos los sectores y actores del conflicto colombiano. Los armados y los desarmados, los civiles y los militares, la comunidad internacional, las organizaciones sociales, la sociedad civil, dirigentes políticos y económicos y el mayor factor de violencia que subsistirá a todos los acuerdos de paz, que son la delincuencia común, organizada y no organizada y el narcotráfico.

Ni la mesa de negociación con las Farc, ni con ningún otro grupo, va a solucionar en sus acuerdos el problema de violencia y delincuencia en los barrios, en las veredas, en las calles.  No va a solucionar la extorsión, el asesinato, el matoneo, la violencia intrafamiliar, y todas las formas de violencia que hacen parte integral del conflicto colombiano.  Un acuerdo con un factor  generador de conflicto no tiene ninguna repercusión en el problema de violencia en las ciudades, excepto por que se aumente, como ocurrió con la desmovilización de los paramilitares, muchos de ellos hoy reciclados en las bandas ilegales y los combos urbanos.

Como promover y consolidar una cultura de reconciliación a todo nivel en Colombia es la real labor que se requiere para alcanzar la paz duradera y sostenible.  “Para lograr la paz hay que desactivar todas las formas de violencia” es la propuesta de Francisco Galán, un exguerrillero hoy dedicado a la búsqueda de la reconciliación. Tiene razón. Tanto influye en el conflicto el problema de las guerrillas, como el de las bandas narcotraficantes, pero también, las fronteras invisibles, la extorsión, el micro-narcotráfico o la violencia intrafamiliar y doméstica, todas las formas de discriminación y la violencia de genero. Todo es una gran sumatoria de violencias, todas las cuales hay que terminarlas.

Esta es la labor que corresponde a la comunidad internacional, la sociedad civil, a los gremios, a los medios de comunicación, a la clase dirigente económica y política, tanto en el nivel nacional, como departamental y local.

Generar una cultura de la reconciliación nos corresponde a todos los que queremos aportar un grano de arena para la construcción del tejido social y el logro de la paz real y duradera con una solución integral. Y hay que comenzar ya.

Estas son las frases clave siempre partiendo de un no rotundo a todas las formas de violencia: reconstruir el tejido social, promover la reconciliación nacional, todos y ya. Pero hay que tener siempre presente que sin acuerdos serios que lleven a desactivar las causas objetivas del conflicto, no se podrán desactivar las formas de violencia y nunca podremos alcanzar una verdadera paz.

/ Por Antonio J. García Fernández

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