Hechos violentos que han culminado con muertes que no deberían haber ocurrido, han colocado al futbol en el primer plano de la opinión pública sólo compitiéndole los avatares en los cuales se encuentra el “Centro democrático” con las reacciones desencadenadas por el  n° 9 en la  lista a  los aspirantes al Congreso de  esta fuerza política.

No se trata por supuesto de una situación nueva, pues es larga la lista de medidas que en distintos  momentos se  han implementado. Merece  al respecto señalar: la prohibición de entrar  a los partidos con las camisetas distintivas de los equipos, partidos a puerta cerrada, la solicitud reiterada de judicializar a los “desadaptados”, la  instalación de cámaras en los estadios que permita identificar los violentos, la propuesta y desarrollo de pactos de convivencia entre las barras y las sanciones a los equipos de futbol con el cierre de los estadios y  multas  nada insignificantes.

 La realidad es que los resultados han sido pobres pues ya los espacios de confrontación ya no son  los estadiossino los medios de transporte, los barrios e inclusive las vías de acceso a las ciudades. Estos cambios en el modus operandi debieran en algún grado haberle planteado preguntas al gobierno en sus distintas escalas que  como disco rayado, no tiene otro modelo de intervención que la búsqueda obsesiva de la judicialización. Se sigue con la idea bastante equivocada que basta con el poder intimidatorio de la reclusión en las cárceles para provocar los cambios en la conducta de los hinchas. Si eso fuera cierto del hacinamiento que hoy viven la totalidad de las cárceles deberíamos contar con un  país más seguro. El libreto es el mismo: así como proceden en las comunas y en el manejo de la protesta social, la respuesta del estado y de la sociedad en no poco grado, es poner en juego todo el aparato coercitivo, es la manera como se expresa la idea de seguridad tan dominante en la esfera del gobierno.

El futbol  bien se sabe que es quizás el único deporte que como expresión de masas entraña la mayor movilización de las pasiones. Adquiere para los sujetos y de manera particular para las barras, -la manera como se organizan sus hinchas-, un importante espacio no sólo de socialización si no que  cumple un importante papel en la construcción de sus identidades. Algo similar es posible encontrarlo en la política. Allí, al lado de unas ideas, de unos liderazgos y de unos colores también se mueven las pasiones, creencias y valores. Como el futbol, expresa una manera de ser y de estar en el mundo, no es casual que el deporte en general y el futbol en particular caminen de la mano de la política, se trata de una buena veta para avivar los nacionalismos y no son pocos los políticos que gustan de posar al lado de figuras deportivas en sus campañas políticas.

No podría aislarse la manera como se desenvuelve en una sociedad ese componente pasional siempre irracional que desencadena el futbol y la política y el modo  como esa misma  sociedad ha incorporado conceptos claves como la INCLUSIÓN y el tratamiento de lo DIFERENTE.

La larga historia de guerras y de violencias en Colombia  ha dejado la impronta de que al contradictor, al oponente, al diferente se le elimina.Como práxis no hay, pues,  mucha diferencia del llamado a eliminar a los liberales al llamado a eliminar a los verdes o a los azules. Ahí está la larga lista de crímenes políticos, la ya casi imposible de aprehender lista de crímenes de líderes sociales,  los innominados que han caído por pequeñas diferencias entre vecinos y la violencia de género convertida en  una verdadera epidemia. Eso es lo que hemos aprendido. Es bastante extraño en las percepciones sociales que tenga cabida la idea entre contradictores, entre diferentes, que sea la palabra  el mejor medio para entendernos e inclusive para afirmarnos en nuestras identidades. Lo que hoy sucede en los espacios de un deporte como el futbol, nos retrotrae al ámbito de la desesperanza, en tanto está indicando que son los  códigos de la EXCLUSION  quienes están bien afincados en  las generaciones sobre las cuales estará  la responsabilidad de conducir esta sociedad. Bien  valedera la afirmación de que nos asiste un profundo mal-estar en la cultura o de que como lo señalaba el director de la policía en Bogotá, una sociedad profundamente enferma.

Mirados estos hechos leídos desde  las posibilidades que se abren para iniciar un proceso que incorpore en nuestra manera de ser y de actuar prácticas civilistas como es lo que se derivaría de un acuerdo entre insurgencia y Gobierno, es el reto que tenemos entre manos, resumido en que ni el futbol ni la política, ni ninguna otra pasión mate y  que sea la pervivencia de la diferencia nuestra gran oportunidad.

 

José Girón Sierra

Septiembre 24  de 2013