jose-GironEn los tres años que lleva el proceso de negociación, no había tenido una coyuntura más difícil que la actual. Las circunstancias  más negativas parecen confluir como si las energías positivas sufrieran una especie complot o que  los astros estuvieran alineados en su contra. Hechos relacionados con el mismo proceso, factores adversos de larga data no resueltos y  cambios en la dinámica económica y social, concentran esa amalgama de fuerzas que configuran tres nudos que por su naturaleza pareciera bien difícil desatar. Mirémoslos:

  1. El proceso de la Habana carece de un liderazgo capaz de poner a soñar en la posibilidad de un país distinto al que nos ha dejado la guerra. El Presidente no es el líder  y las razones son varias. En primer lugar, no se pudiera ignorar que el Presidente Santos por razones que no es el caso señalar, se la ha jugado por resolver el conflicto armado de larga duración que ha aquejado a la nación colombiana. Pero desde que Santos diera a conocer  esta decisión, su gobierno ha acusado una baja aprobación  con una tendencia a acrecentarse como lo indica la encuesta de opinión dada a conocer el día 30 de Abril del presente año en donde sólo el 29% ve positiva su gestión. Imponer  una negociación en medio del conflicto, comprensible  para quien no quiere dar ventajas en la guerra pero pésima decisión si se quiere resolver el gran acumulado de desconfianza en todos los estamentos y estratos sociales, es quizás la razón más importante del porque las cosas están como están. Como lo hemos indicado en varias oportunidades, no se trata sólo de deficiencias comunicativas del Presidente, cada avance en la Habana se ve de inmediato  opacado por la relevancia a que se le da a los hechos de la guerra, bastante bien recogidos y utilizados por los enemigos que desde el Estado mismo (Procuraduría), los medios y desde la sociedad misma, animan el odio y el espíritu de venganza.

 

Un segundo elemento, radica en la manera errática y en no pocos casos tramposa como el Presidente Santos se ha relacionado con el movimiento social. El estigma, el desprecio, el tratamiento represivo, pero lo más grave, la manipulación y la falta cumplimiento con las luchas sociales, han corroborado en el imaginario social que es un personaje del que poco puede fiarse. La verdad de a puño es que  cuando se trata de la necesaria confianza como sentimiento, éste  no nace del discurso si no de los hechos.

 

Un tercer elemento procede de un Presidente que es ambiguo  y contradictorio en su discurso de paz lo que lo hace poco convincente. Una cosa es lo  se dice desde el equipo negociador y otra,  lo que se dice desde el ministerio de  defensa. Este lenguaje esquizo que invita a pensar que se nada en dos aguas bien distintas en nada ayuda a que la sociedad perciba que la balanza ciertamente se inclina del lado de despejar el complejo camino de la construcción de la paz y no de apuntalar el destructivo camino de la guerra.  Por ello, el gobierno no ha logrado  ni siquiera un consenso en el bloque en el poder, sectores importantes del empresariado como lo señala reciente estudio dela Cámara de comercio de Bogotá, y un sector que como  el Centro Democrático, no sólo mantienen un nivel alto de desconfianza  si  no presionan para abortar el proceso, indican que el círculo cercano a Santos es bastante estrecho.

 

DE esta manera, un líder débil y peor aún, un gobierno débil el cual  fue reelecto dejando pelos en la gatera, es un serio problema cuando de lo que se trata  no es sólo dar por terminado el conflicto armado si no contar con la capacidad de convocatoria  que permita reorientar las mejores energías hacia ganar aprobación y preparar la sociedad para la construcción. Resolver esto  acercándose a los enemigos jurados del proceso  como pareciera desprenderse de los acercamientos que se hacen desde el gobierno hacia el uribismo, es un camino igualmente errático pues sus esfuerzos deberían estar más bien encaminados a disputarse el favor popular  que le es esquivo y no recomponer las turbulencias en las escalas más altas del poder.

 

Cada vez el Presidente Santos transita hacia un escenario vivido por  mandatarios anteriores que osaron plantarse resolver el conflicto, esto es,  encontrase solo e impotentes frente a los nudos que en su momento no pudieron desatar.

 

  1. La sociedad no solo no cree en el proceso de la Habana, clama por una justicia entendida como privación de la libertad. Según la encuesta a la que se ha hecho alusión, sólo el 52% cree en la salida negociada y el 82% no está de acuerdo en ninguna concesión política a la insurgencia. En el fondo como puede colegirse de ambos datos es que la legitimación del proceso es francamente restringida. A esto se ha llegado por varias razone: la más relevante, el carácter prolongado del conflicto que tras victimizaciones y revictimizaciones, ha dejado una profunda impronta de desconfianza alimentada y reforzada por las condiciones ya anotadas  en las que se desenvuelve la negociación. Pero a este rechazo no le es ajeno lo que en nuestra opinión es la derrota             de mayor impacto ocasionada a las FARC: la derrota política de la cual parece a veces que no fuera muy consciente,    una estrategia de desprestigio y de odio diseñada desde el gobierno de Pastrana y profundizada en el período de la seguridad  democrática, la cual caló profundamente  de manera prioritaria en los centros urbanos.

 

Pero de las desconfianzas hay oposiciones más categóricas: sectores que pueden ser más del 30% de la población no cree en otra alternativa distinta que la derrota militar y en caso de una negociación, han colocado unas condiciones  que harían de ella un imposible. Una de tales condiciones, es que el secretariado de las FARC purgue penas privativas de la libertad. Así, las identidades  en cuanto a la justicia se refiere, son francamente asimétricas: para la insurgencia: desmovilización, decir toda la verdad y cárcel y para los agentes del Estado y los financiadores privados comprometidos con violaciones flagrantes del DIH y de los DDHH, nada de verdad e impunidad absoluta. Por ello, el tema de la justicia está en el centro del debate y es muy probable que sean los profundos desacuerdos al respecto uno de los atranques que en la Habana no ha dejado cerrar el punto de las víctimas.

 

Confianza y justicia son entonces, dos palabras alrededor de las cuales se erige una opinión dominante y bastante adversa al proceso de la Habana cuyas implicaciones no se pueden soslayar.

 

  1. Los opositores más organizados y coherentes gana terreno ante unos defensores dispersos y confundidos. La realidad es que los enemigos avanzan en coordinación, coherencia y resonancia social. Adelantan una agenda amplia pero bastante eficaz consistente en mantener y desarrollar una opinión adversa al proceso apuntalando los sentimientos más negativos como la desconfianza, el odio y  el espíritu vengativo. La manera como se desenvuelve  la negociación y  la ausencia de un liderazgo fuerte de la paz que se oponga eficazmente al ya conocido liderazgo de la ultraderecha, les ha facilitado esto.

 

Pero como contraste, el movimiento social que apoya este proceso acusa dispersión y aún no se liberarse de sus propias dudas e incertidumbres. Ante un sujeto de la guerra bastante bien configurado, el de la paz o del proceso que se adelanta en la Habana es fragmentado, difuso y disperso y no logra instalarse en esa amplia masa urbana y rural desconfiada, manipulada e indiferente que cree pie juntillas que lo que hace falta en el es autoridad y mano dura.

 

La idea del nudo gordiano nos viene desde Grecia pero su significado hoy no es otro que el de hacer referencia a un problema complejo cuya solución está ligado estrechamente a la creatividad. Se ha hecho referencia a tres nudos entre los cuales no hay solución de continuidad sobre los cuales gravita la difícil coyuntura del Proceso del a Habana. Tendremos la creatividad necesaria para desatarlos?

 

José Girón Sierra

Observatorio de DDHH- IPC