José GirónLa izquierda, como corriente política y de pensamiento, ha construido unos valores y un corpus ideológico y político que han marcado la diferencia con su antípoda, la derecha. La izquierda es una posición ética contra toda forma de injusticia, discriminación, ejercicio de la violencia que vulnere la condición humana; también lo es contra todo intento de modelar el pensamiento en busca de impedir que emerja la diferencia, que surjan las voces que individual o colectivamente le ven otras caras y colores al mundo que las rodea. La izquierda se arroga la causa de los marginados, de las llamadas clases subalternas, de los desposeídos, hasta el punto de postularse que éstos no tienen nación en el sentido de que, estén donde estén, son objeto y sujeto de la causa libertaria.

Sin embargo, es preciso reconocer su profunda inconsecuencia con este corpus e ideario, indiscutible en su práctica política, sobre todo cuando le ha tocado ejercer el poder. En ese ejercicio, hay similitudes con el proceder de la derecha. El gran pecado de la insurgencia colombiana, por ejemplo, es haber abandonado en algún momento el principio irrenunciable de no victimizar a esos sectores subalternos a los que se reivindica; de ellos, no tomar ni una aguja, como lo postulara un revolucionario chino.

Anima encontrarnos con personajes como José Mujica, quien en el ámbito latinoamericano ha subrayado varios elementos al respecto: si en algún terreno la izquierda debe marcar diferencia es en el ejercicio de la política y del poder, sus actos no pueden ser ajenos a sus valores, es preciso construir un relato ético que llevado a la praxis confronte el discurso deshumanizante del capitalismo salvaje y el racionalismo y tecnicismo del modelo neoliberal.

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Todo esto se plantea en razón de lo que está ocurriendo con Venezuela. Abruman las razones expuestas por el gobierno venezolano para actuar como lo ha hecho. Sus argumentos se centran en la tesis de una conspiración desde Colombia basada en la amenaza paramilitar para socavar la revolución bolivariana y en el contrabando, señalado por el mandatario como el responsable del desabastecimiento creciente de una economía en crisis. Abruma, pues Maduro parte afirma que actúa en nombre de Bolívar y de la revolución.

De ser ciertas esas amenazas, ninguna razón hay para que el blanco sean los sectores subalternos, cuyo delito no ha sido otro que buscar las oportunidades que no ofrece un Estado que, como el colombiano, ha sido un alumno avanzado en la aplicación de este capitalismo salvaje.

El régimen venezolano está en este caso muy lejos de los valores y el corpus de la izquierda. Ha hecho más bien gala de un nacionalismo trasnochado que pretende enfrentar de una manera perversa a los pobres de Colombia y Venezuela. Esto, unido al proceder, justifica que desde la derecha se le acuse de utilizar las armas propias del fascismo. El discurso nacionalista no es propio de la izquierda, en la que reivindicamos a la gente explotada, esté donde esté; lo es más bien de la derecha, que echa mano del patrioterismo para movilizar sentimientos homogenizantes y con ello mantener hegemonías y modelos de dominación.

Siento vergüenza con el hecho de que a nombre de la revolución social la izquierda venezolana justifique su manera de proceder. Y más grave aún: que eventualmente sea cierta la correspondencia de esa actuación con la estrategia bastante útil para los regímenes autoritarios de acudir a la tesis del enemigo interno o externo para resolver los problemas del poder. No se reivindica a los pobres, a los explotados, se los utiliza. La existencia de la izquierda tiene sentido precisamente porque no acepta el “todo vale”, porque no es afín al pragmatismo de la derecha salvaje en cuyas finalidades no está la justicia.

En la izquierda debemos recordar siempre, y ahí cabe un llamado a la colombiana, que sin marcar la diferencia en términos de lo moral y de lo ético cuando hablamos de la política y del ejercicio del poder, nuestro discurso será vano e intrascendente. Nuestro balance al respecto en el país desde la insurgencia y desde la llamada izquierda democrática no es el mejor. Bien valdría ante un escenario de posconflicto volver sobre un relato a la manera de José Mujica.

Lamentable que Maduro, antes de hacer lo que hizo, de derrumbar las casas humildes de los legales e ilegales de Colombia, no hubiera tenido en cuenta la canción del cantautor venezolano Alí Primera cuando dice:

Qué triste, se oye la lluvia
en los techos de cartón.
Qué triste, vive mi gente
en las casas de cartón.

Hoy es lo mismo de ayer,
es un mundo sin mañana.

José Girón Sierra
Observatorio de Derechos Humanos – Instituto Popular de Capacitación