La esquiva paz con el ELN

Antonio-SanguinoHa sido esquiva. Una negociación política entre el Estado y el ELN que termine con su alzamiento armado ha sido especialmente difícil. Dificultad no solo derivada de su renuencia a plantearse la posibilidad del desarme y su tránsito a la vida civil. O de su insistencia en no buscar un acuerdo Gobierno/ELN, sino más bien un “pacto nacional” que refrendarían como la solución política del conflicto. También, la dificultad proviene en gran medida del lugar secundario, y muchas veces marginal, que los gobiernos le han concedido a un arreglo con los “elenos”.

El ELN tiene en su propia génesis, en su historia, en su forma organizativa y en su perfil ideológico buena parte de la explicación de su conducta recelosa a un arreglo para abandonar la lucha armada. Esos factores han configurado un “espíritu” dicen ellos mismos. Una especie de ADN, dirán otros. O un “temperamento” como lo dijo alguien que estuvo en diálogos con este grupo. Fue en su momento la más urbana reclamación armada al excluyente pacto de las elites liberal-conservadora denominado “Frente Nacional”. Pero su reclamo no se limitó a buscar una inclusión por arriba en el sistema político. Se proclamó hija de la revolución cubana, radicalizó las demandas de las juventudes del Movimiento Revolucionario Liberal MRL, bebió de la ebullición popular del Frente Unido de Camilo y del cristianismo revolucionario, se nutrió de lecturas latinoamericanistas del marxismo y de experiencias revolucionarias similares en el cono sur y Centroamérica.

Esa amalgama se galvanizó con una consigna de guerra que ha dejado, hasta ahora, poco espacio a la flexibilidad política: la “liberación” y el “socialismo” o la muerte.

Junto con las FARC comparten lugar en esa primera ola de guerrillas revolucionarias surgidas en la década del 60, como las denomina el Mexicano Jorge Castañeda en su trabajo “La Utopía Desarmada”. Después de la derrota militar que sufrieron en manos del Ejército en la “Operación Anorí”, desestimaron una oferta de rendición del entonces Presidente Alfonso López Michelsen y se comprometieron más bien en su reinvención como organización político-militar. En tiempos de Belisario Betancourt rechazaron su política de diálogos de paz que se abrió paso con las FARC, el EPL y el M19. Como también se opusieron a los procesos de paz que terminaron con la desmovilización y reinserción política de buena parte de la guerrilla, incluida una disidencia suya, a comienzos de los noventa. Aunque desde aquella época aceptaron la tesis de una solución política al conflicto como alternativa a una insurrección armada o una guerra popular cada vez más lejana e inviable, y se sumaron a los fracasados diálogos de Caracas y Tlaxcala con la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar.

Pero si el ELN ha sido esquivo a escenarios de diálogos de paz, los últimos gobiernos los han tratado como teloneros en un eventual pacto con las FARC. Andrés Pastrana le apostó todo al proceso del Caguan y reculó ante la presión paramilitar cuando debía habilitar una Zona de Encuentro para iniciar un proceso formal y paralelo con los elenos. Y el Presidente Santos arrancó los diálogos de La Habana bajo el supuesto de una sumatoria del ELN a los acuerdos que se alcanzaran con las FARC. Todo indica que ahora hay una decisión madurada al interior del ELN para asumir un dialogo que conduzca a un acuerdo de cierre del conflicto y que el Gobierno ha entendido que este es un único proceso de paz con dos mesas de negociación.

Si las partes hacen uso de la audacia política para inventar soluciones a los impases que aparezcan en el camino, perseveran en mantener la negociación hasta el final y suscriben lo acordado ya en La Habana para abreviar tiempos en la agenda, podemos estar cerca de un final completo del conflicto armado. Y con el ELN incluido.

@Antoniosanguino

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