ramiro-guzmanAborrezco empezar a escribir apoyado en el título del artículo y más aún si está interrogando, porque considero que es la forma más fácil de solucionar el problema más difícil de la redacción: la titulación. Reconozco que preguntar dónde están los lectores, a estas alturas de la vida, tiene un tono tan anacrónico como preguntarse qué se hicieron los borrachitos que en la madrugada del domingo se agarraban del poste de la energía para darles vivas a su glorioso partido político.

Los lectores como los pintorescos borrachitos están en vía de extinción. Los colombianos y los costeños en particular siguen siendo más conversadores que lectores. Las cifras oficiales indican que los colombianos leen entre 1.9 y 2.2 libros cada año, mientras en España el número de textos por habitante alcanza 10.3 libros al año.

Esto podría tener su justificación histórica porque desde que Gutenberg hizo que se popularizara la lectura con la invención de la imprenta y hasta que a alguien se le ocurrió traer una improvisada imprenta a Colombia habían transcurrido al menos cuatrocientos veinte años. Es decir, Europa nos lleva casi quinientos años de lectura.

A la hora de los balances habría que decir que en Montería la lectura tuvo su época dorada en la década de los 60 y 70. Para entonces leer no solo era de eruditos y académicos sino una actividad socialmente popular. No había hogar donde no hubiera un infatigable lector. La librería La Sevillana, en la calle 36 entre carreras tercera y cuarta, era un punto de encuentro. Allí y en el “Callejón de los Cacharros” se intercambiaban desde los clásicos de la literatura universal hasta las fotonovelas de María del Socorro Tellado López, “Corín Tellado”. Para entonces la lectura fluía. Era un torrente. Leían los intelectuales. Leían los comerciantes. Leían las amas de casa. Leían las prostitutas. Hasta los ladrones de bicicleta y caldero robaban libros para venderlos por encargo. Leer no era una tortura académica, era un disfrute, un goce.

En cualquier parte se leía, se intercambiaba y se hablaba de libros: en las barberías, en las sastrerías, en los gabinetes dentales, en los restaurantes, en los cafés y bares. Los estudiantes amanecíamos estudiando y leyendo con un termo de café en la Avenida Primera. En el colegio nacional José María Córdoba (Conalco) habíamos fundado clandestinamente los Centros de Estudios 12 y 13 de Marzo, en los que leíamos todo lo que caía en nuestras manos, desde los clásicos de la literatura universal hasta los libros que para entonces permearon la sociología cotidiana.

Los puntos de encuentro y tertulia eran de acuerdo al tema y sentir de las personas. Los reconocidos intelectuales se reunían en el los bares: La Cita, El Percal, El Zorba, El Ganadero, El Candilejas. Los fines de semana la cita era en El Tosca (hoy Toscana) y El Club Ghisays, sitios más informales donde los temas eran deportivos porque se hacían las apuestas de la hípica y el fútbol del rentado nacional en los formularios del 5 y 6 y el Totogol.

Y en las noches de los fines de semana la intelectualidad de Montería se volcaba a El Palmar, el bailadero de salsa más popular de la ciudad. Todos los estratos llegaban. Las diferencias sociales quedaban en la puerta de entrada. Había diálogo constructivo. Se hablaba de lo leído en la semana y se bailaba salsa.

Para entonces mi padre tenía el Restaurante Zaiza en la calle 32 entre carreras 2 y 3. Los sábados se armaban verdaderas tertulias. Llegaban abogados, médicos, odontólogos, escritores y estudiantes. Allí se leían gratis todos los periódicos. Lo sábados más que un lugar de tertulia era un tribunal porque se reunían magistrados, jueces, fiscales, diputados y abogados. En fin, Montería le rendía culto a la lectura y al diálogo.

Luego llegó la década aciaga de los 80. La época en que se escribieron las páginas más sangrientas y tenebrosas de la historia de Córdoba. Y la lectura entró en crisis. Decayó. Se deprimió. Los lectores desaparecieron. A otros los mataron. Otros le perdieron el gusto porque –dicen- dejó de transformarnos, transformar y no había con quien hablar. La lectura perdió sentido. Las páginas de los libros se oxidaron. Los libros fueron rematados a los vendedores callejeros. Y, desde entonces, nunca más se volvió a leer en la misma proporción ni en los mismos lugares. Los sitios de tertulia desaparecieron. Se cerraron.

Hoy el panorama es deprimente. La violencia desestimuló el hábito de la lectura y las nuevas herramientas de comunicación amenazan con pulverizarla. Sin embargo, digamos que no todo está perdido, hace un par de semanas fui invitado al lanzamiento de “Planchón Literario”. No creo que se me vaya la mano si reconozco que desde la sencillez del título se percibe que es un proyecto esperanzador y ambicioso. Según el alcalde Marcos Daniel Pineda García se pretende aprovechar las bondades de la naturaleza, del río Sinú para que la gente lea en sitios claves de la ciudad, en las escuelas y colegios. En escenarios gratuitos. Se pretende que quienes miren a la lectura no sean los escasos lectores profesionales que aún quedan por ahí refugiados en el anonimato, sino jóvenes, muchachos de los colegio. Por algo se debe arrancar y “Planchón Literario” es un excelente punto de partida. Montería necesita reencontrarse con la lectura. A tener puntos de encuentro, tertulias callejeras, porque donde la gente se encuentra hay diálogo, donde hay diálogo hay entendimiento y donde hay entendimiento hay paz.

Autor: Ramiro Guzmán Arteaga

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