El Niño Dios y el final del enigma

Debo confesar que mi primera desilusión con la existencia de Dios fue, por fortuna, el haber llegado por mis propios medios al final del enigma de los regalos que me ponía a mí y a mis otros once hermanos el Niño Dios. El primer regalo fue un balón de caucho azul oscuro con figuras en alto relieve de payazos y trapecistas que me trajo a los siete años, en El Campano, Bajo Sinú, donde había vivido mis primeros años. Ese día me desperté más temprano que de costumbre por la bulla que tenían mis otros 62 primos que por esta época del año acostumbraban pasar vacaciones en la casa de los abuelos, y el escándalo de algunos tíos que amanecían festejando la llegada de los regalos. De modo que me desperté en la hamaca que mi abuelo Miguel Ángel Arteaga Hernández (Papá Mimi) acostumbraba a colgar al lado de la cama donde dormía con mi abuela Manuela Flórez (Mamá Maño). Me despertó el escándalo de mis primos y los tíos, pero también el bulto del balón de caucho que se me encajaba en las costillas. Raleé y agarré el balón y cuando me disponía a bajarme de la hamaca hacia el piso, apoyándome en la cama de los abuelos, sentí también el ruido casi metálico de una bolsa plástica entre mis piernas. Era una camisa de seda color café con la que dos años después me tomé la primera fotografía, con la imagen simulada de estar escribiendo apoyado en un pupitre de madera, en el Colegio Antonio Nariño de Montería. El caso es que ese día supe que el Niño Dios le traía regalos a los niños que se portaban bien durante el año. Y ese era mi primera lección de disciplina mediante la cual se me hacía saber que debería seguirme portando bien durante los próximo 365 días para que el Niño Dios me volviera a traer regalos en la época de navidad. No alcanzaba a entender y cantidades de preguntas se me vinieron a la mente, las cuales confluían en una sola: ¿cómo era ese Niño Dios y de dónde traía tantos regalos? Llegaba a pensar que el cielo estaba lleno de regalos. Un día, cuando los primos volvían a sus casas y volvía a quedar solo con mis abuelos en El Campano, en lo que siempre fue y ha sido mi único paraíso, le pregunté a la abuela de dónde venía el Niño Dios, ella, que nunca me mentía, se me quedó viendo con una mirada pícara, cargada de complicidad, mientras se pasaba una peineta de carey por su cabellera negra: “De por ahí”, me dijo medio sonriendo, como señalando hacia cualquier parte de la cocina.

Cuatro años después, cuando mis padres me regresaron a Montería para que estudiara con juicio, y aún sin superar el trauma de haberme separado de los abuelos, ya viviendo en la calle 38 con carrera primera, en la antigua casa de palma de Julio de Oro, donde hoy está el hotel Panamericano, llegué al final del enigma, aunque creo que semejante secreto estaba ya repartido entre mis hermanos mayores, aún sin mi madre habérselos revelado. Fue puramente accidental. Un 24 de diciembre, mi madre había llegado del antiguo almacenes Ley y había dejado las bolsas sobre la cama y en una de ella sobresalía la cacha de una sombrilla pequeña. Luego me traté de esconder de mis hermanos, como solía hacerlo para que no me vieran, en la parte de atrás del escaparate, en una especie de triángulo que formaba al ser recostado contra la esquina del cuarto, y allí estaba, escondida, la misma bolsa con la misma sombrilla y otros regalos y ropa nueva; eran los mismos regalos con los que amanecieron jugando el 25 de diciembre mis hermanos, y la misma sombrilla con la que pasó jugando todo ese día, junto con una muñeca de pasta que abrazaba un ramo de flores rojas, mi hermana Pilar. Había por fin descifrado, de la forma más simple, un enigma profundamente arraigado en la memoria histórica de los niños de mi época: el enigma del Niño Dios. Y se me había revelado el interrogante que años atrás me había hecho en la casa de mis abuelos. Entonces logré comprender la risa cómplice con la que mi abuela me había respondido la pregunta sobre el origen de los regalos. De modo que al año siguiente, a mi madre no le quedó otra que llevar a todos sus hijos a que escogieran sus propios regalos. Y a mí hoy no me queda otra que, desde mi agnosticismo, o ateísmo si se quiere, desearles a todos ustedes por igual una ¡Feliz Navidad! Abrazos.

Por Ramiro Guzmán Arteaga
Comunicador social periodista, Mg en educación y profesor universitario

2 comentarios

  1. Fernando Acosta Riveros

    Saludos de paz y bendiciones desde Guadalajara, México. Interesante artículo que nos invita a reflexionar sobre las Mentiras. Por ese tipo de Mentiras, muchísima gente hoy no cree en Dios. Varias veces me preguntaba en mi natal Bogotá, Colombia, si Dios había muerto, como continuaba el Mundo y sí después resucitó porque decían o dicen que “lo esperan”. Gracias a Dios, el Creador, conocí en México el Islam y me quedó claro que Jesús (paz y bendiciones) no es Dios, sino solamente un Profeta, muy querido, por cierto en el Islam. En El Corán aparece su nombre junto al de María (la paz sea con ella) en múltiples ocasiones. Lamentablemente en nuestra querida Colombia se han dicho tantas mentiras, no solamente sobre religiones, sino también sobre cultura, economía y política. Todos los días, el sistema habla de Democracia y siento igual que el poeta antioqueño, Gonzalo Arango Arias que: “La Democracia es una Desgracia con privilegios para pocos y una Desgracia Terrible para el Resto”. Feliz año a las y a los lectores de los interesantes artículos que se publican en el sitio Corporación Nuevo Arco Iris. Fraternalmente, Fernando Acosta Riveros, colombiano-mexicano, trabajador universitario.

  2. Todos esos mitos de la Infancia, que uno abandona con mucho pesar, son elementos culturales de muchos milenios, que Homo Sapiens ha elaborado para entrenar su mente en la necesidad social de los cambios, de la evolución del pensamiento. Sin esos artificios no avanza la cultura, porque todos nos quedaríamos aferrados al conocimiento sensorial de que el sol nace al amanecer, hace un viaje corto hasta el ocaso, y se pone a dormir, para despertar al día siguiente y repetir su rutina diaria. El ser humano vive cambiando la tabla de sus valores, los contrasta con los de sus congéneres y los ajusta de conformidad al contexto social que debe sostener. Los físicos teóricos que buscaban la energía dentro de la materia, terminaron por aniquilarla, y servir a la guerra con las armas nucleares. Se volvieron filósofos místicos. Uno no sabe dónde va a dar cuando toma un camino desconocido. Le va mejor si tiene la facultad de bifurcar y cambiar de rumbo; para eso sirven los mitos infantiles.

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