Por Jeprado / Foto: Jeniffer Rueda

En la memoria de muchos habitantes de Medellin aún permanecen vivos los recuerdos de las masivas jornadas de movilización y protesta durante los primeros años de 1980. Era la época del Estatuto de seguridad de Turbay Ayala, en  la cual pese a la persecución política, no había logrado detenerse el crecimiento del movimiento popular en las principales ciudades del país.

Es el caso de la por entonces llamada comuna 2 de Medellin: Castilla, Pedregal, La Esperanza, Santander, Doce de Octubre, San Martin de Porres y Kennedy. En estos barrios, las organizaciones sindicales, estudiantiles y de izquierda adelantaron un fuerte trabajo organizativo desde 1970. Fueron los años de las carpas obreras, los comités barriales, artísticos  y estudiantiles que disputaban el escenario político al bipartidismo del Frente Nacional. En el imaginario colectivo habían logrado abrirse campo -por medio de periódicos como El Inconforme, Voz Proletaria y Sin Permiso- las ideas de Camilo Torres, Ernesto Guevara y Simón Bolívar. La agitación popular estaba en alza.

En octubre de 1981,   la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia (CSTC) definió el día 21 como fecha para la realización del segundo paro cívico nacional, cuyo antecedente histórico habían  sido las jornadas de movilización y lucha callejera que sacudieron  el país en septiembre de 1977.  En la comuna  esta convocatoria fue una invitación a la acción política conciente y organizada, motivada por la tentativa de suspender el subsidio a los buses urbanos con la implementación del Transporte Sin Subsidio (TSS) y el alza de los servicios públicos.

La jornada inició a las 4:00 am cuando los primeros grupos regaron tachuelas en Francisco Antonio Zea para impedir la entrada y salida de buses a la comuna, al tiempo que desde la Universidad de Antioquia llegaban los enfermeros que atenderían los heridos y emergencias durante el día. A medida que avanzaba la mañana se veía en  los diferentes barrios como se esparcía el humo de llantas quemadas, al tiempo que hacían su aparición  la policía y el ejército. Su presencia fue el detonante para que el enfrentamiento estallara.  Amas de casa armadas de ollas y cacerolas  compartían la calle con jóvenes y adultos con piedras, papas bombas y molotovs. No hubo barrio en el que no se presentaran enfrentamientos e incluso el CAI del 12 de octubre fue abandonado por los policías que huyeron hacia la Estación Carlos Holguín.

Desde Campo Valdez, Aranjuez, Bello e Itagüí y  colegios como el Pascual Bravo, Marco Fidel Suárez y Liceo Antioqueño llegaron noticias de bloqueos, enfrentamientos y detenidos. En la memoria de quienes participaron en el paro cívico quedó un recuerdo imborrable: el temor de los gobernantes ante la protesta y rebeldía popular.