En una novela que escribí hace doce años y que aún permanece inédita hay un párrafo en el que se lee literalmente: “Estudiaron en el mismo colegio en el que participaron en las protestas estudiantiles; motivados por el romanticismo y la utopía revolucionaria de la época, hicieron parte de la fundación de los Centros de Estudios 12 y 13 de marzo, en el que se reunían a escondidas para leer obras de sociología y clásicos de la literatura universal. Y en los que también se servían de soportes en la derrota de los amores de juventud.” Ese pasaje es real desde la primera hasta la última línea, porque para la época en la que estudié en el Colegio Nacional José María Córdoba, un grupo de estudiantes de Montería fundamos los Centros de Estudios 12 y 13 de Marzo.

Eran los tiempos en los que en cada familia había al menos una biblioteca, un lector compulsivo, y un padre que leía el periódico diariamente; en los que existían puntos de encuentro para las tertulias y al menos un miembro de la familia estaba inscrito en el círculo de lectores, cuyas obras andaban de mano en mano y de casa en casa, en las que leían desde nuestras madres hasta las muchachas del servicio doméstico, que aprovechaban los ratos de descanso para leer los mismos libros que sus patrones dejaban en la sala.

Eran los tiempos en los que los estudiantes protestaban en contra de la invasión norteamericana a Vietnam, en que en el país los estudiantes y los campesinos dejaban escuchar las consignas por “la democratización de la educación” y “la tierra para quien la trabajara”. En fin, los Centros de Estudios habían sido una consecuencia dialéctica de la época histórica que nos tocó vivir. Contrario a lo que se podía pensar, no era una organización de guerrilleros sino de intelectuales puros, algunos de los cuales, por el mismo contexto histórico del país, habían decidido, es cierto, vincularse posteriormente a la lucha armada, mientras otros siguieron educándose en las universidades del país y el exterior. Sin embargo, quedó la experiencia de un proyecto realizado, en donde el gobierno no invirtió un solo peso, porque los Centros habían surgido de las mismas entrañas de una sociedad que reclamaba educación.

Quienes hicimos parte de esos Centros de Estudios tampoco éramos desplazados por la violencia, por el contrario. Éramos hijos de padres de una Montería provincial con ganas de sacar a sus hijos adelante; hijos de pensionados, de comerciantes, de sastres, de señoras de servicio domésticos con ganas de ver a sus hijos profesionales.

Los Centros de Estudios 12 y 13 de Marzo, [fecha en que se celebra el Día del Estudiante Caído en Colombia, en homenaje a la matanza estudiantil de 1954], eran un punto de encuentro, de diálogo y debate constructivo y reflexivo sobre el tipo de sociedad en la que deberíamos vivir. Allí se daban citas jóvenes estudiantes que eran incentivados hacia la lectura por parte de estudiantes de cursos superiores o de docentes de literatura y sociales. Allí nos formamos quienes aún nos cuesta trabajo desprendernos de la lectura, porque leer un libro tenía méritos, desde los 20 poemas de amor de Pablo Neruda y Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, hasta capítulos de El Capital de Carlos Marx. Hoy, muchos años después, me sigo preguntando por qué así como los Centros de Estudios 12 y 13 de marzo, brotaron casi espontáneamente de las entrañas de la sociedad, por qué no se puede incentivar el amor por la lectura? Ese grupo de muchachos, románticos y revolucionarios sin armas, demostraron que para leer no hay que tener sino las ganas, y que el gobierno no puede hacer de las campañas de lectura proyectos que resultan siendo flor de un día. Demostraron que la lectura es una devoción, que bien llevada se convierte en un virus resistente para toda la vida.

Por Ramiro Guzmán Arteaga
Comunicador social periodista, Mg en educación y profesor universitario