/ Por Kristian Herbolzheimer*. Las negociaciones de paz han comenzado mal, pero bien: mal porque se han hecho evidentes unas diferencias enormes entre la visión, el discurso y la actitud del gobierno y de las FARC.Bien, porque estas diferencias aterrizan las expectativas tal vez demasiado optimistas que algunos albergábamos.

El cuadro que sigue muestra el abismo entre los discursos del Gobierno y de las FARC:

Gobierno: Destaca que el proceso debe ser:

*Serio: no es un instrumento de propaganda

*Respetuoso: saluda que “las FARC han cumplido sus compromisos”

*Realista: agenda acotada.

*Eficaz: rápido

FARC: Responde con un discurso:

*De clara propaganda de las FARC.

*Critica frontalmente al Estado y denuncia el terrorismo de Estado.

*Anuncia la intención de discutir el TLC y sepultar el neoliberalismo.

*Denuncia la ‘paz-exprés’ y la negociación a contra-reloj.

El Gobierno:

*Admite problemas estructurales de inequidad.

*Anuncia una agenda ‘audaz y progresista’.

*Critica una cultura de fetichismo legal.

*Resalta una ética del compromiso.

*Resalta que se trata de un momento de esperanza.

*Niega un cese al fuego.

Las FARC:

*Pone nombres a las familias colombianas que define como ‘hampa financiera’.

*Denuncia que un Congreso corrupto pueda definir el marco legal.

*Propone apoyar las discusiones a partir de ‘la verdad’.

*Propone retirar las FARC de las listas internacionales de organizaciones terroristas.

*Sugiere disminuir la intensidad del conflicto a medida que se acerquen posiciones.

El objetivo de los discursos de ambas partes estaban destinados a ganar posiciones frente a la opinión pública.

A las FARC les habrá ido mal en Colombia, pues su discurso incendiario recuerda mucho a las posiciones intransigentes del pasado. En cambio, el gobierno procuró dar una imagen de actitud sensata, autocrítica y constructiva.

Sin embargo en el ámbito internacional las FARC han logrado visibilizar las contradicciones de un Estado que se quiere democrático pero que tiene dificultades en mostrar desarrollo social en paralelo al desarrollo económico.

En realidad ambas partes ahora son prisioneras de sus propias palabras. El gobierno tendrá que demostrar con hechos que la locomotora minera beneficia al conjunto del país y no sólo a unos cuantos. Por su lado, las FARC recibirán críticas de varios sectores sociales –empezando por el indígena- por pretender mostrarse como sus voceros y como víctimas, sin asumir la más mínima responsabilidad en la violencia que afecta a la población civil.

La rueda de prensa muestra los riesgos de hablar de paz frente a los micrófonos. Inevitablemente se convierte en una batalla mediática que poco ayuda en la construcción de confianza.

El tema de la participación de la sociedad civil destaca como uno de los más controvertidos. Según Márquez esta discusión fue de las más intensas en la fase de diálogos exploratorios. Uno de los pocos puntos en que ambas partes hoy se mostraban de acuerdo es que la paz no se limita a un acuerdo que silencie los fusiles. Según el Acuerdo General de La Habana, ambas partes coinciden en que “la construcción de paz es un asunto de la sociedad en su conjunto que requiere de la participación de todos sin distinción.” La diferencia parece radicar en los momentos. Para el Gobierno la participación comienza en el momento de implementar el acuerdo, mientras que las FARC parecen indicar que quieren meterle pueblo a la mesa de negociación.

Desde una perspectiva de construcción de paz el discurso del gobierno fue sólido, con una mirada fijada en el futuro. En cambio las palabras del Secretariado de las FARC parecían más propias de un evento político que de un escenario de construcción de paz. El hecho no es necesariamente grave, pues las FARC necesitan dar una imagen de moral alta y es apenas comprensible que utilicen uno de los pocos espacios de atención mediática para enfatizar sus posturas. El propio Humberto de la Calle respondía a un periodista que no le había sorprendido el discurso de Márquez.

Lo preocupante sería que en las conversaciones sin micrófonos las FARC insistieran en ampliar la agenda de negociación con temas como el tratado de libre comercio y la política económica del país. Sería, como anunciaba Antonio Navarro, como regresar a la época del Caguán.

En fin, ha sido un día histórico. Muy emocionante. Con sentimientos contradictorios, mezcla de esperanza y de temor. Sólo cabe esperar que en el espacio de las negociaciones reservadas las partes mantengan la actitud que les ha permitido llegar hasta aquí y cumplan con un guión que, de entrada, parece sólido y apropiado.

 *Kristian Herbolzheimer es director del programa de Conciliation Resources en Colombia