/ Por Frédéric Massé*. Cuando fue elegido por primera vez en 1981, el presidente francés François Mitterrand tenía un programa de gobierno más radical que el de las Farc, según me dijo una vez un amigo, quien me preguntaba sobre las reivindicaciones de la guerrilla colombiana: ministros comunistas en el gobierno, nacionalización de varias empresas industriales y bancos, ley de descentralización, impuesto especial a las grandes fortunas, discurso tercermundista de Cancún de octubre de 1981, declaración franco mexicana sobre el Salvador de agosto de 1981.

Era otra época, es cierto, pero a pesar del “recalentamiento” de la Guerra Fría, reflejado en las guerras en Afganistán y en América Central, a pesar del debate sobre los Euromisiles en Europa, nadie tildaba ese programa de revolucionario o marxista leninista.

La agenda de paz que abordarán el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc es a juicio de algunos analistas globalmente pragmática y realista.

Hoy en día, la agenda de negociación acordada entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc sigue provocando reacciones encontradas. Sin embargo, al analizar los puntos de esa agenda, sorprende la posición relativamente moderada de las Farc al respecto.

Hablar de “ampliar la democracia”, de “desarrollo económico con justicia social” o de “desarrollo social con equidad y bienestar”, no es particularmente revolucionario ni mucho menos escandaloso. Hablar de desarrollo agrario integral o de reforma agraria, tampoco lo es, a pesar de ser un lema tradicional de las guerrillas latinoamericanas. Reivindicar derechos y garantías para el ejercicio de la oposición política es entendible y legítimo. Puede que los objetivos generales del acuerdo vayan más allá de los puntos de la agenda, pero ésta es también un reconocimiento implícito de que las negociaciones no cambiarán el modelo económico ni el sistema político del país.

Como lo subrayaron muchos analistas, la agenda de paz es entonces globalmente pragmática y realista.

Las agendas de paz dependen o reflejan en gran parte las concepciones de paz que tienen las partes en conflicto. Algunos grupos armados han quedado “satisfechos” con una legalización de su situación jurídica y la reintegración a la vida civil y/o política a cambio de su desmovilización. Para otros, sin embargo, la paz no consiste simplemente en el final de la lucha armada; la paz es un concepto más “integral”, más holístico, que implica procesos más “transformacionales” que “transaccionales”.

Que las Farc cuestionen las privatizaciones, la desregulación, la libertad absoluta de comercio e inversión, la depredación ambiental, la democracia de mercado, o la doctrina militar, todos temas importantes, es su derecho, pero las negociaciones de paz no están para resolver todos los problemas de un país. Están para poner fin a un conflicto armado y evitar, en la medida de lo posible, que sigan o se repitan las condiciones que lo “causaron”.

Sin embargo, también es entendible que después de 40 años de conflicto armado interno, una guerrilla pueda difícilmente dejar las armas para simplemente regresar al punto de partida de donde arrancaron, sin obtener nada más concreto.

Las negociaciones de paz que empezaron esta semana en Oslo dejarán seguramente descontentos, tanto a los enemigos como a los amigos excesivos de la paz en Colombia, y neutralizar a todos los que desean el fracaso del proceso de paz, sin decepcionar a los que tienen demasiadas expectativas al respecto, no será tarea fácil.

Sin embargo, ambas partes parecen haber logrado un acuerdo sobre un punto fundamental de estas negociaciones: no pueden resumirse en un simple sometimiento de la guerrilla ni tampoco llevarán a una revolución negociada.

* Frédéric Massé es Codirector del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) de la Universidad Externado de Colombia

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