De la Habana, al Distrito

Secretaría de Educación de Bogotá y Corporación Nuevo Arco Iris propician reflexión en los colegios de la ciudad sobre su aporte a la paz

Bogotá D.C., 12 de junio de 2013. Durante la mañana de este miércoles, el escenario de La Habana se trasladó al auditorio central de Compensar de Bogotá, y no porque los negociadores de paz hayan tenido alguna representación en esta sede del occidente de la capital del país, sino porque cerca de 1.000 jóvenes entre los 12 y los 18 años de edad venidos de colegios públicos de distintas localidades de la ciudad se reunieron para debatir qué les corresponde hacer en el contexto actual de las negociaciones de paz. Se trataba de un espacio propiciado por la actual administración distrital y la Corporación Nuevo Arco Iris en el que las comunidades educativas fueron invitadas a participar, como protagonistas de primera línea de esta reflexión.

Frente a sus compañeros de curso, de colegio y demás niños, niñas y jóvenes del Distrito Capital, Milady Estupiñán, una joven nariñense de la localidad de Usme y estudiante del colegio Paulo Freire, tomó la palabra para decirles a sus contemporáneos que no vino a ¨descolorizarse¨ a Bogotá, en razón de su raza negra. ¨Como un chiste, siempre nos dicen a mí y a mi familia que venimos a perder el color. Nosotros llegamos aquí obligados porque una madrugada fueron unos hombres a nuestra casa y nos dijeron que teníamos que irnos o si no… bueno, los dejo a su imaginación el final que hubiéramos tenido si nos hubiéramos quedado¨, dice con la voz entrecortada y queriendo contener el dolor que le causa recordar el temor que sintió esa noche que marcó el desarraigo de su natural Tumaco.

El auditorio entra en un silencio sepulcral porque entiende lo que está pasando. Milady se repone rápidamente y dice que a partir de ahí la vida para los suyos ha sido particularmente difícil no solo porque son extranjeros en su propio país, sino porque los estigmas de ser personas desplazadas y de ser personas negras los persiguen. ¨La gente cree que el desplazamiento es culpa de quien lo sufre. Por nuestro color, nos creen bulliciosos y ladrones y no nos prestan alquiler. No somos delincuentes y eso es muy difícil que aquí lo entiendan¨, dice esta niña a la que apenas le ha llegado la pubertad.
Relatos como estos se juntaron ayer de distintas localidades en la voz y el rostro de niños, niñas y jóvenes que aún no alcanzan la mayoría de edad, pero cuyas experiencias reflejan las décadas de violencia a la que Colombia se ha acostumbrado. Precisamente, estos jóvenes, maduros en razón a las circunstancias que les ha tocado vivir, decidieron llamarse a sí mismos la Generación de la Paz y promueven organizarse para afrontar la construcción de la paz en lo cotidiano, tras su nutrida participación el 9 de abril pasado.

“Nosotros somos la generación de paz. Este es el momento de los jóvenes”, afirmó Julián David Jiménez, de la localidad de Suba, e invitó: “Salgamos a las calles y a los campos a conocer a nuestros hermanos”, como una forma de sugerir el vínculo de lo que se recibe en las aulas a lo que se debe experimentar en la realidad nacional. Sus contemporáneas Paula Alejandra Orozco, de Puerto Salgar – La Dorada (Caldas), y Diana Carolina Molina, de Amagá (Antioquia), niñas invitadas por el proyecto conjunto entre el Distrito-Corporación Nuevo Arco Iris para que las escuelas reflexionen sobre su quehacer en la paz, contaron al público interesado en estos temas sus experiencias como jóvenes lideresas en los semilleros de sus colegios “Sembradores de Paz”. Ambas contaron que estas iniciativas son respaldadas por las directivas y docentes y de lo que se trata no es de volver el tema una “aburrida” clase magistral, sino de recrear estas jornadas de construcción y debate estudiantil, utilizar nuevas tecnologías y darles contenido con el arraigo de la experiencia particular de cada estudiante.

La reflexión fue acompañada por las instancias locales. Oscar Sánchez, secretario de Educación del Distrito, animó a los estudiantes a no claudicar antes de tiempo y a imponerse a las voces que les piden resignarse y convertirse en otra generación que no viva en un país en paz. ¨Los jóvenes son lúcidos, son prácticos, son profundos y tienen espacios abiertos en su mente y en su corazón para absorber otras formas de ver el mundo¨, dijo Sánchez al considerar a Bogotá como vanguardia de esa transformación.

Antonio Navarro, ex secretario de Gobierno, comentó que él perteneció a la generación de los que hicieron la guerra y hoy pertenece a la generación que le apuesta a la transformación, ya que el M’19 se convenció de que las armas no lograrán los cambios profundos y estructurales que requiere la sociedad.

Carlos Eduardo Martínez, de la Uniminuto, invitó a darse cuenta de la base cultural que sostiene las formas violentas que manejamos en nuestra cotidianidad, para, a partir de ahí, trabajar en una cultura de la Noviolencia. El predominio de lo masculino, de las estructuras jerarquizadas y centralistas, de los fuertes sobre los débiles (lo que en el sistema escolar se llama el bulling), del miedo como regulador social, del castigo como la esencia de la justicia, del ideal de que todos pensemos igual, de que creamos que hay violencias útiles y buenas, principalmente aquellas que practicamos nosotros contra los demás, son -para este pedagogo universitario-, los esquemas que reproducen generación tras generación la forma violenta como nos hemos acostumbrado a relacionarnos. ¨La miseria y el hambre son construcciones humanas, donde el más fuerte, acumula¨, comentó ante los jóvenes que reprimieron sus risas nerviosas al sentirse delatados con los ejemplos de conservadurismo que ya inconscientemente reproducen”.

Una jornada intensa, en la que hubo la participación internacional de Gloria María Anaya Perla, diputada del FMLN del Salvador, que cuando niña vio cómo se llevaron a su padre, líder en la defensa de los derechos humanos, al que torturaron, devolvieron a la libertad y, posteriormente, asesinaron. Esta diputada quedo impactada por los testimonios, quizá también por sentirse reflejo en varios de estos niños, niñas y jóvenes, e invitó al país a respaldar los acuerdos de La Habana, no porque su firma lo solucione todo, sino porque esta rúbrica despeja el camino para ahora sí sentarse a pensar en la transformación cultural que necesita Colombia. Al fin y al cabo, luego de 21 años de la suscripción del acuerdo de paz entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el gobierno salvadoreño, todavía esta nación centroamericana intenta, ya sin guerra civil, transformar las estructuras de inequidad y de injusticia que la mantuvieron dividida entre 1980 y 1992.

¨Hagamos realidad el manifiesto de la paz que Ustedes, jóvenes, firmaron el 9 de abril¨, les dijo Fernando Hernández Valencia, director de la Corporación Nuevo Arco Iris, una de las instituciones promotoras de esta iniciativa, al joven auditorio. ¨Allí Ustedes dijeron nos comprometemos a crear espacios de paz en los lugares que ocupemos en el mundo. La paz no solo es en La Habana, seamos consecuentes y afirmativos en esto¨, concluyó Hernández Valencia a nombre de este centro de pensamiento y acción política, que acompaña estos esfuerzos de reconciliación.