Fotos: Giovanni Moreno

José Antequera tenía cinco años cuando en 1989 su padre, destacado líder de la UP, fue asesinado por un sicario. José Jaime Uscátegui tenía 17 cuando su papá se convirtió en el primer General acusado de haber propiciado una masacre, la de Mapiripán. Antequera ha hecho de la memoria un  homenaje al padre y una manera de retomar sus banderas. Uscáteguí lleva más de una década tratando de demostrar la inocencia del suyo.  La búsqueda de la reconciliación es el puente que une dos historias que no pueden ser más disímiles.

De niños, sus vidas no pudieron haber sido más opuestas. A los cinco años, cuando su padre, un reconocido militante de la UP fue baleado en el aeropuerto El Dorado, José Antequera se vio rodeado de todos los amigos de él, de su familia y especialmente de su mamá que se encargaron de mantener viva la memoria de José Antequera. Lo admiró desde esos tempranos años por su lucha incansable por el cambio social. Creció en una cultura de izquierda, con amigos de izquierda donde “importa mucho la reflexión, la crítica y el relato”. Hablaban una y otra vez de la vida ejemplar de Antequera, y hoy valora a su mamá que tuvo “mucho fuego en el corazón” para afrontar aquella temprana viudez y continuar enarbolando las banderas por las que se inmoló su esposo. En la casa de Antequera, hijo, siempre se habló de política y del país que se hundía en la violencia y la desigualdad.

A los cinco años a José Jaime Uscátegui le gustaba ponerse el uniforme camuflado mientras correteaba por los campos de Tolemaida, la base militar del Ejército en el Tolima. Su padre, Jaime Humberto Uscátegui solía estar siempre en misiones que él consideraba heroicas para las que lo despedía llorando. “Recuerdo que hacia el 89 cuando matan al papa de José,  mi papá era comandante de la Escuela de Infantería y estaba combatiendo con mucho empeño a Rodríguez Gacha. Esa época era muy problemática porque yo tenía escoltas para ir al colegio porque mi papá capturó al hijo de Gacha”. Eran los años del narcoterrorismo.  “Yo  dos ocasiones vivimos en Estados Unidos, primero en Kansas y luego, hacia el 94, en Washington y por eso yo no entendía mucho de lo que pasaba en Colombia. Era un muchacho como todos, pendiente de otras cosas”. Sus amigos eran militares, había una cultura militar y en su casa no se hablaba tanto de política sino de la una lucha feroz del bien contra el mal. Del Estado y la guerrilla.

A José Antequera le tocó reconstruir a lo largo de su juventud la memoria de su padre, a partir de las huellas que dejó entre los suyos. La memoria se le convirtió en el tema, la profesión la pasión y un programa político personal.  “Todavía tenemos el país que se construyó en los años 80” dice. Años absurdos y caóticos que le legaron a su generación una nación descuartizada.

Antequera ha hecho de la memoria un  homenaje al padre y una manera de retomar sus banderas. Uscáteguí lleva más de una década tratando de demostrar la inocencia del suyo.  

A José Jaime Uscátegui, la burbuja en la que vivía se le reventó a los 17 años, cuando su padre empezó a enfrentar la más grave acusación que se hubiese hecho contra un alto oficial hasta ese momento: la de haber sido cómplice de la masacre de Mapiripán.

“En 1999 lo citan a indagatoria. Inicialmente los delitos que le endilgaron fueron terrorismo y concierto para delinquir.  A raíz de eso no me involucro en el proceso. Mi papá lo único que decía era que iba a probar su inocencia. Yo lo admiro y lo respeto mucho y fue muy duro ver que pasó de ser un militar condecorado a uno condenado”. Uscátegui fue el primer General del Ejército  que pisaba una cárcel. “Él siempre ha sido respetuoso de la justicia y se presentó cada vez que lo llamaron”. Es entonces cuando José Jaime empieza a conocer la historia del país. “Veo que hay paramilitares que tienen poder, que son un  Estado paralelo, que están actuando y están asesinando gente”.

Y desde entonces la defensa de la inocencia de su padre, la investigación de lo que realmente pasó, y las preguntas por el país convulsionado en que vivimos y los caminos de reconciliación, lo han llevado a múltiples escenarios donde incluso ha tenido que compartir con los hijos de las víctimas de la violencia, como Antequera.

A su manera, ambos le han apostado a la memoria. Antequera acaba de publicar su libro Memoria Histórica como relato emblemático, que es su tesis de grado como magister en Ciencias Política. “La memoria histórica  puede transformar el presente. En los años 80 se ejecutó una estrategia de exterminio de posibilidad de crear lo popular. La Constitución del 91 no logró frenar ese exterminio y ese despojo, porque su fundamento neoliberal ha sido funcional a legitimarlo”.

Uscátegui hizo con sus propios y precarios recursos un documental que tituló Por qué lloró el general y que cuenta en detalle cómo ocurrió la masacre. Es una investigación donde queda en evidencia que la sí hubo participación de miembros del Ejército y que muchos de ellos no han sido judicializados, como es el caso de quienes desde Urabá coordinaron el traslado hacia el Guaviare y Meta de un centenar de paramilitares  en dos aviones.

La apuesta por la reconciliación

Por caminos diferentes, con énfasis diferentes, y con consecuencias seguramente distintas, ambos cuestionan lo que está pasando hoy en la justicia, y la dificultad para avanzar en un camino de reconciliación. Antequera dice: “Por supuesto busco que el crimen de José Antequera se declare de lesa humanidad, y hemos apoyado como familia el caso de la UP ante la Corte Interamericana. Los derechos humanos se han posicionado y eso es muy importante, pero estamos en un entrampe.  Se nos ha perdido la perspectiva política, de solución del conflicto”.