A los pocos días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, ciertas cosas ya se pueden asumir con casi certeza: François Hollande, el candidato del Partido Socialista, centro izquierda, goza de una ventaja  (28,6% con 10,2 millones de votos) que el presidente saliente Nicolas Sarkozy (27,1% con 9,4 millones de votos) no puede revertir.

Aunque parezca poca la diferencia entre los dos finalistas, hay muchos factores que explican la difícil y probablemente irreversible situación de Nicolas Sarkozy.

Primero, la de Sarkozy es una situación inédita en la historia quinta república francesa porque es la primera vez que un presidente saliente no tiene ventaja en los resultados de primer vuelta. En todas las situaciones previas, el presidente saliente encabezaba los resultados de primera vuelta aunque obviamente la segunda vuelta le podía resultar contraria – tal como pasó en los históricos comicios del 1981 que llevaron por primera vez a la presidencia un candidato de izquierda, François Mitterrand, también del Partido Socialista.  En general, la alta tasa de participación este último 22 de abril (80% de 46 millones de votantes) subraya la determinación de los franceses a la hora de expresar sus convicciones políticas.

Otra realidad: el Frente Nacional de Marine Le Pen ha logrado recoger un apoyo sin precedente cuando se posicionó como tercera fuerza política del país (17,9% con 6,4 millones de votos), superando el record  de su padre Jean Marie Le Pen en el 2002 (16,8% con 4,8 millones de votos) cuando terminó enfrentado en segunda vuelta contra el presidente Jacques Chirac. En esta ocasión, el FN había  relegado a la tercera posición el primer ministro socialista Lionel Jospin que todos los sondeos habían erróneamente considerado como el futuro presidente de Francia. Pero, al contrario de ahora, la baja tasa de participación del 2002 (30% de abstención) y la fragmentación de los votos de izquierda entre un número récord de candidatos facilitaron la presencia del extrema derechista Le Pen en segunda vuelta.

Hoy  en día, aunque en tercera posición, Marine, hija de Jean Marie, ha consolidado la posición de su partido que se beneficia de apoyos principalmente en las clases populares, incluso obreras. No hay nada de nuevo en eso, sino que la presente crisis económica ha facilitado reacciones de miedo xenófobo y sueños de salida de la Unión Europea. Es importante recordar la existencia de un discurso anti-globalización de extrema derecha, que utiliza lo económico para justificar lo inaceptable: la xenofobia y el miedo, y, en casos extremos, el odio criminal de lo multicultural – tal como se ha visto en Noruega con el asesino Anders Breivik.  Marine Le Pen ha logrado sacar de su discurso ciertos temas claramente problemáticos de su padre – el anti-semitismo anti-judío, heredado del discurso nazi y de la época de la Segunda Guerra Mundial, y las referencias abiertamente racistas relacionadas a la guerra de Argelia. La “limpieza moral” superficial que le dio Marine al FN ha producido un discurso que relaciona de forma errónea los problemas económicos globales a la presencia de inmigrantes en Francia, una retorica de discriminación contra el islam, y una manipulación del tema del sentimiento de inseguridad  de los franceses.

Para entender porque la crisis de sociedad de Francia va a seguir de forma profunda a pesar de la casi certeza de victoria de François Hollande en segunda vuelta, es importante tomar en cuenta los mecanismos electorales complejos del país.

Estos tienen que ver con el sistema único en el mundo del voto francés en dos vueltas, que se instituyó  con la constitución de la 5ta República del 1958 elaborada bajo la supervisión del General de Gaulle. La prioridad del texto fue crear herramientas con las cuales convertir forzosamente resultados electorales basados en una mayoría relativa, en una situación de mayoría absoluta (50% mas 1 voto). Este fue el paso que se dio para acabar con el sistema parlamentario de la 4ta República, marcada por perpetúales crisis ministeriales, coaliciones débiles y, en general, inestabilidad gubernamental.

Entonces, mientras la primera vuelta muestra más o menos el verdadero peso relativo de los candidatos y sus partidos, su función es identificar los dos más fuertes para convertir, a través de la segunda vuelta, una mayoría relativa en una mayoría absoluta. Este mecanismo, que ciertos críticos perciben como artificial y forzoso,  permite producir una clara mayoría que le otorga al vencedor el poder de gobernar a dentro de un sistema que favorece el ejecutivo del presidente y del gobierno compuesto por el primer ministro al que nombra.

Eso implica otra cosa bien complicada entre la primera y la segunda vuelta: el juego de alianzas para que los partidos que se quedaron fuera de la segunda vuelta llamen a sus electorados respectivos y apoyen uno, otro, a veces ninguno, de los dos finalistas.

Todas las predicciones de los sondeos indican que estas transferencias de votos, con la dinámica propia de la segunda vuelta que siempre profundiza la diferencia entre el ganador y el perdedor, van a jugar a favor de François Hollande. La cosa cierta es que los perdedores del lado izquierdo de la primera vuelta llamaron a apoyar Hollande y votar contra Sarkozy. Las transferencias de votos a favor de Hollande entonces son muy sólidas. Sólido también ha sido el candidato socialista en su determinación de promover el voto de los residentes extranjeros de Francia en los futuros comicios locales: es una visión de una mutación de la sociedad  importante, y Hollande está demostrando que es capaz de quedarse firme sobre puntos aparentemente delicados, a pesar de los discursos demagógicos de la derecha.

Otro elemento clave es que Nicolas Sarkozy logró convertirse en el presidente menos popular de Francia, con unas variaciones de solo 35/40% de ciudadanos satisfechos a lo largo de sus 5 años de mando. Este récord negativo es importante: significa que para muchos franceses, estas elecciones presidenciales se han convertido en una forma de plebiscito contra Sarkozy, para sacarle fuera del Palacio de l’Elysée. En cuanto a las matemáticas de las transferencias de votos a su favor, se trata de un rompe cabezas y de un ejercicio político de alta precariedad: en su mayoría, pero no en su totalidad. La derecha francesa, nacionalista y generalmente conservadora, tiene una fuerte tradición de rechazo a la extrema derecha por razones históricas y el papel del General de Gaulle y de su lucha contra el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Esta derecha es de tradición económica liberal y tampoco puede apoyar el proteccionismo derechista de Marine Le Pen y aún menos, pensar salir de la Unión Europea.

En este contexto, Sarkozy, agitado y arrinconado por las predicciones reiteradas de su inminente fracaso, está tratando de recoger algunos de los votos de Marine Le Pen. El viene retomando formulas retoricas de Le Pen y del FN. Un solo problema: Marine, hasta ahora, rechaza dar cualquier consigna de transferencia de votos a sus apoyadores para en la segunda vuelta, quedándose en la ambigüedad de un rechazo igualmente dirigido contra Hollande y Sarkozy. Hay que subrayar que esta misma ambigüedad es desfavorable a los intereses de Sarkozy.

Eso me lleva al último punto de estas explicaciones sobre las elecciones francesas: ¿cuáles son las razones de Marine le Pen cuando asume para la segunda vuelta una postura que indirectamente beneficia más al socialista Hollande que al derechista Sarkozy?

Parte de la respuesta tiene que ver con las próximas elecciones legislativas de los próximos 10 y 17 de junio del 2012. Llamadas también las “terceras y cuartas vueltas electorales de Francia”, las legislativas son una oportunidad de recomposición de la clase política, con muchas posibilidades de alianzas por la existencia de las 2 vueltas.

Se considera que la estrategia de Marine Le Pen y del Frente Nacional es de aprovechar los beneficios que le da un partido de centro-derecha derrotado con el fracaso de su candidato presidencial. La ambición de Le Pen es entonces de precipitar una fractura adentro de la UMP, el partido de derecha tradicional de Sarkozy, y recomponer el panorama político con un partido de extrema derecha más fuerte, probablemente con otro nombre, y  con la inclusión de algunas personalidades que serán recuperadas en un contexto de extrema amargura después del 6 de mayo. En cuanto a las futuras reformas de un probable presidente Hollande, si los eventos siguen así, estas encontrarán una oposición mucho más dura del lado derecho de la cámara de representantes.

/ Laurence Mazure

Periodista Internacional