Foto: Giovanni Moreno C.

Respecto a la reunión del Movimiento Marcha Patriótica que se realizará este fin de semana en Bogotá hay que dar por descontado dos cosas: una es que se trata de organizaciones civiles que vienen de todos los territorios y que tienen el legítimo derecho a expresar incluso sus posiciones más radicales. Lo segundo es que la mayoría de ellas tienen una afinidad histórica con Farc. Por lo menos con su ideario y su lenguaje, aunque no necesariamente con sus métodos de lucha.

Si estas dos premisas se establecen de antemano se cierra el paso a los debates equivocados y de doble moral que se plantean de un lado y otro. De parte del Ejército, cuando dice que la Marcha está “infiltrada” por la guerrilla lo que no necesariamente es exacto; y de parte de los organizadores que alegan una estricta autonomía del movimiento.

La Marcha Patriótica reunirá a más de 3.000 delegados de diversas organizaciones sociales y políticas que vienen de territorios donde la guerra ha sido brutal y que viven con el conflicto a cuestas cada día. Campesinos de las Zonas de Reserva como la del Valle del Río Cimitarra; la mitad de la directiva de la Mane, – organización estudiantil que sorprendió al país el año pasado-; víctimas, indígenas, afros, y también sectores políticos. Varias corrientes del Polo Democrático Alternativo, especialmente aquellas que provenían del Partido Comunista, y la corriente de Piedad Córdoba en el Partido Liberal.

La pregunta que deben responder los miembros de la Marcha Patriótica no es si las Farc hacen parte de ella; sino si este es un tanteo para abrirse a un proceso de paz o la re-edición de la vieja y perversa fórmula de combinar las formas de lucha para seguir en la guerra.

La idea de la Marcha es discutir una plataforma política revolucionaria. Sus organizadores dicen que no se trata de una nueva UP, y en parte tienen razón. La gran diferencia es que mientras aquella era un partido legal y con vocación electoral, que nació de un acuerdo de paz; esta es hasta ahora un movimiento político concebido para la movilización y que aspira más bien a confrontar al sistema que adherir a él. No en vano, el Polo Democrático Alternativo declinó apoyar la Marcha como tal, lo cual ha creado un pequeño sisma adentro de ese partido.

Unos la ven como una simple reedición de la añeja y explosiva fórmula de combinar las formas de lucha. Otros como una avanzada para poner a prueba que tanto espacio político está dispuesto a darle el establecimiento a las Farcsi es que se desmovilizan. Todavía está por verse si se trata de lo uno o de lo otro.

Por eso la Marcha Patriótica es una prueba ácida para Santos, si es que en serio quiere hacer la paz.  El gobierno tendrá que probar que los tiempos han cambiado y que la democracia de hoy tolera todas las manifestaciones políticas, incluso las más radicales. Debería cuidarse de la estigmatización y el señalamiento que  no hace más que alentar la violencia. Pero ésta también es una prueba para el movimiento insurgente, que debería haber aprendido que la combinación de las formas de lucha debilita a las organizaciones sociales en lugar de fortalecerlas, y las pone en riesgo.

La Marcha Patriótica tiene un significado político muy importante en esta coyuntura.  Primero porque después del gobierno de Uribe, que aplastó cualquier expresión de izquierda radical, la gente vuelve a sentir la posibilidad de expresarse. Segundo porque es la prueba viva de que hay un país, lejos de las urbes, que vive el conflicto y tiene unas demandas y reivindicaciones muy sentidas y que no han sido atendidas por el Estado. Y que la gente, mientras esté desarmada, tiene derecho a expresar sus ideas de país, por radicales que estas sean. Así debería entenderlo Santos.