Foto: archivo revista Arcanos / El Espectador

En tan solo una década se produjeron más de 30 mil homicidios en la zona fronteriza entre Colombia y Venezuela. A Colom­bia ingresan cerca de un millón de galones de gasolina de contrabando y este negocio mueve unos 500 millones de dóla­res por año. La frontera se ha convertido en una zona de guerra y en un baluarte de la ilegalidad y la impunidad donde bandas criminales, guerrilleros y narcos tienen disparada la violencia. La reconfiguración criminal compromete no solo a estructuras binacionales, sino también a estructuras trasnacionales como las mexicanas y dominicanas que se disputan palmo a palmo la frontera. A pesar de que ambos países están realizando acciones conjuntas en materia de seguridad en la lucha contra el narcotráfico, dichas acciones han tenido un bajo impacto en las dinámicas locales de la ilegalidad.

Este es el desolador panorama que muestra el libro La frontera caliente entre Colombia y Venezuela; una investigación dirigida por Ariel Ávila, coordinador del Observatorio del Conflicto de Nuevo Arco Iris, quien también es editor del texto publicado por la colección Debate de Random House Mondadori.

El libro tiene tres capítulos, de acuerdo a las dinámicas de cada territorio: Arauca-Apure, Norte de Santander-Táchira, y Cesar-La Guajira-Zulia. Cada capítulo desarrolla el contexto histórico del conflicto armado y luego describe la situación actual de los grupos armados ilega­les. También presenta el impacto del conflicto sobre la población civil y, por último, estudia las economías legales-ilegales que se desarrollan en la región. Corrupción institucional y fuerzas militares son tratadas con un enfoque transversal en el libro.

El libro La Frontera Caliente entre Colombia y Venezuela es un descarnado retrato sobre cómo es la mafia y no los Estados, quienes tienen el control. Contrabando, armas, droga y muerte son el lugar común. La investigación fue coordinada por Ariel Ávila, director del Observatorio del Conflicto Armado de la Corporación Nuevo Arco Iris y se presentará este miércoles en la feria del libro de Bogotá.

La investigación revela que el crimen en la frontera colombo-venezolana se reconfiguró. Las estructuras cri­minales, los mercados legales e ilegales en los que participan y los grados de captura institucional nada tienen que ver con lo que sucedía hace 20 años. Actualmente se tiene un Estado ma­fioso virtual donde las acciones del crimen orga­nizado no se diferencian de las que adelanta la institucionalidad. El narcotráfico comenzó a ser administrado por agentes institucionales. Por ejemplo, en Zulia, policías y sectores de la Guardia Nacional Bolivariana controlan rutas y son parte activa de carteles del narcotráfico. Las territorialidades criminales en la zona también cambiaron, según el estudio. El contrabando y el narcotráfico comenzaron a ser controlados por grandes estructuras criminales como “Los Rastrojos” y “los Zetas” mexicanos. La inestabilidad institucional de las administraciones locales y regionales también se incrementó durante los últimos años. Del lado colombiano, en el Cesar, las élites políticas mantuvieron relaciones estables con el paramilitarismo. La familia Araújo, casa política que entró en decadencia en los últimos años permitió el resurgimiento de la familia Gnecco Cerchar, este es uno de los casos más destacables.

El estudio parte de prejuicios o mitos que eran bastante comu­nes a lado y lado de la frontera. Sin embar­go, en muchos casos, los hallazgos contradijeron estos presupuestos.

Venezuela: falta de control y no complicidad

Uno de los prejuicios más publicitados era la alineación política y estratégica de los gobiernos de ambos países con los grupos armados ilegales. Sin embargo, la investigación demuestró que a éstos se les salió de las manos la situación fronteriza hace mucho rato. “Las dinámicas en la zona de frontera tienen explicaciones más cercanas a lo que sucede a nivel local, y no tanto a las directrices nacionales de ambos gobiernos. Ambos estados en los últimos 12 años, aunque también lo mostraron antes, han tolerado y mantenido un statu quo que permitió la consolidación de redes criminales, de tal forma que ninguno de los gobiernos –pero sobre todo el venezolano– controla lo que sucede en la zona de frontera”.

Las “Águilas Negras” nacieron originalmente en Táchira y Zulia. Este fue otro de los hallazgos del estudio y se evidenció que no solo se trató de grupos armados ilegales y estructuras criminales que pasaron de Colombia a Venezuela, sino que también hubo grupos de Venezuela que salieron para Colombia a expandirse como “los Rastrojos”, el ejército del “Loco Barrera” y “Las Águilas Negras”.