La otra muerte anunciada

En abril o mayo de 1964, cuando se iniciaba el conflicto armado que hoy todavía nos desangra, un alto dirigente del partido comunista me hizo un pedido inesperado: “Tenemos noticia de que asesinaron a un camarada del Líbano y te pedimos que viajes allá ahora mismo, te entrevistes con los compañeros de dirección y te enteres del asunto, asistas a los funerales y te regreses lo más pronto que puedas”. En la noche tomé un bus del entonces afamado Rápido Tolima, que tenía su mal presentada agencia en la carrera 11, a pocos pasos de la iglesia del Voto Nacional, y menos de cuarenta horas después estaba de vuelta en la capital. Alcancé a asistir a los últimos momentos de velación del cadáver en la salita de una pequeña vivienda, donde sirvieron en silencio tinto y aguardiente, participé en el silencioso desfile hasta la iglesia y de regreso hacia el cementerio, y nunca pude arrancar a los presentes una noticia satisfactoria. La desconfianza hacia el intruso no se rompió.

Hoy, casi cincuenta años después de esa frustración, me topo de improviso con Leonidas Arango, periodista y militante irredento de la izquierda colombiana. Me cuenta que él nació en el Líbano y yo –rememorando uno de los primeros trabajos históricos de Gonzalo Sánchez– le hago dos preguntas de rigor: ¿cuál es la clave del izquierdismo del Líbano?, ¿conociste a Excelino González? El resumen de su relato es el siguiente:

“El historiador norteamericano James Henderson señala que en el siglo XIX los antioqueños fundaron en el norte del Tolima seis poblaciones, pero de ellas solo el Líbano fue colonizado por liberales. Eran familias que habían escapado de sus tierras huyendo de las persecuciones por religión o por política. Eso marcó al Líbano como un pueblo abierto al pensamiento y al mundo. Siempre fue un refugio de perseguidos y algunos núcleos de espiritistas, teósofos y librepensadores ayudaron a la formación de varias generaciones de inconformes. Como pueblo cafetero fue muy próspero durante la primera mitad del siglo XX y también tuvo su propia clase obrera en actividades desarrolladas alrededor del café en trilladoras, escogedoras y pequeñas tostadoras. Por eso no es raro que allí haya ocurrido el movimiento que conocido como el de “los Bolcheviques”, tan bien analizado por el historiador Gonzalo Sánchez.

“La vida del pueblo giraba en torno al café, que salía como pergamino o trillado y en buena parte era manejado por empresarios alemanes. Los viejos contaban que durante el ascenso del nazismo, en alguna trilladora del pueblo ondeó la bandera de la cruz gamada.

“El epicentro de producción cafetera local era el corregimiento de Santa Teresa. En los años 60 quedaban allí rezagos de las luchas populares de los 30 y casi sin excepción la gente de allí era liberal radical y cargaba rencores políticos acumulados de mucho tiempo atrás. En ese ambiente se formaron personajes de profundas raíces campesinas, como Excelino González, quien se convirtió en líder comunal y político, aunque pienso que no cursó más que la primaria.

“Excelino era un pequeño finquero de Santa Teresa. Lo conocí en el pueblo y lo recuerdo como un hombre de unos treinta años, blanco, espigado, de bigote fino. Usaba sombrero de fieltro y sobre la frente siempre le bailaba un mechón crespo. No sé cómo funcionaba el partido comunista en el Líbano de entonces, pero pienso que Excelino militaba al lado de Primitivo Sierra, quien era la cabeza más visible.

“Mi papá, Leonidas Arango Correa, fue siempre un liberal de izquierda y desde joven simpatizó con la luchas de los campesinos. Tenía una farmacia y ellos lo buscaban en sus urgencias de medicamentos porque les aconsejaba y les daba facilidades de pago. Durante la Violencia laureanista había organizado el albergue de decenas de familias sobrevivientes de las matanzas en sus fincas, y Excelino y él mantenían largas conversaciones sobre política nacional e internacional.

“Con los años vine a saber que Excelino tenía alguna experiencia guerrillera y que posiblemente tuvo algún contacto con Roberto González, alias ‘Pedro Brincos’, que tenía una dentistería en el pueblo. ‘Pedro Brincos’ fue muerto antes que Excelino.

En el siglo XIX los antioqueños fundaron en el norte del Tolima seis poblaciones, pero de ellas solo el Líbano fue colonizado por liberales.

“En esa época, todos los sábados llegaba a la oficina del Rápido Tolima un paquete con veinte o treinta ejemplares del semanario comunista Voz de la Democracia, para distribuirlo especialmente en el campo. El hecho se cumplió durante un tiempo pero, de un momento a otro, miembros uniformados del Batallón Patriotas se dieron a la tarea de esperar desde temprano el bus que llevaba las remesas procedentes de Bogotá y recoger la que contenía el periódico, para impedir que circulara. Un día, Excelino le propuso a mi papá utilizar un truco: convenir con Bogotá el despacho del semanario como si se tratara de un paquete de mercancía con destino a la farmacia. Eso se logró con la complicidad del agente local de Rápido Tolima, un conservador de integridad personal a toda prueba, don Chucho Villegas, distribuidor también del diario El Espectador. El mismo día en que llegaba el paquete, Excelino o alguien enviado por él lo recogía en la farmacia, y sé que el truco funcionó por mucho tiempo.

“Excelino trabajaba en el campo pero residía en el casco urbano, y un día cualquiera desapareció del lugar. Su hijo me contó que estuvo como voluntario en Cuba, cuando la invasión de Bahía Cochinos de 1961. Lo recuerdo a su regreso, radiante de orgullo, contando de viajes en aviones soviéticos Tupolev y exhibiendo en la muñeca un pesado reloj marca Poljot, entonces orgullo de la técnica proletaria.

“En 1964 yo terminaba bachillerato en el Instituto Isidro Parra y entre los estudiantes había mucha agitación por las noticias de los bombardeos a Marquetalia y el Pato. Ya había en el pueblo un núcleo de estudiantes de izquierda y de él resultaron las bases de distintas organizaciones, entre ellas la Juco y el Moec. Posteriormente se organizó un grupo de seguidores del padre Camilo Torres, en el Frente Unido.

“A finales de abril se supo que a Excelino González lo habían asesinado en una emboscada que le tendieron en el campo. Muchos compañeros de colegio estuvieron en su velación en el Barrio Jaramillo, entre ellos Afranio Parra, destinado también a morir asesinado como líder del M-19, y un grupo de amigos de la Juventud Comunista. La prensa de Bogotá registró la muerte de Excelino como la de un dirigente local del MRL.

“La antipatía de los sectores populares se centraba en el Batallón Patriotas, que desde hacía años ocupaba las hermosas instalaciones de la Escuela Urbana de Varones. A diario había quejas de atropellos por cualquier motivo. Por ejemplo, me enteré, de manera muy cercana, del fusilamiento a sangre fría de un muchacho homosexual al que sorprendieron andando con un niño en el Parque Infantil. Lo mató un soldado que custodiaba la casa de un oficial. Por supuesto, no fue extraño que la muerte de Excelino se le achacara al Ejército”.

–Pero, ¿no hay una persona señalada como responsable del crimen?

–Hace un tiempo me enteré de que quien le disparó fue Alfonso Agudelo, un obrero de zapatería del Líbano a quien llamaban ‘Pocholo’, que se convirtió en informante y sicario del recién creado Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Una fuente muy fidedigna me cuenta que cuando ‘Pocholo’ recibió la orden de eliminar a Excelino, él mismo fue y le advirtió: “Excelino, sé que hay la orden de matarlo a usted. Es mejor que abandone este pueblo”. Tal vez por exceso de confianza o porque no creyó en la advertencia, el hombre siguió en sus actividades cotidianas y ‘Pocholo’ volvió a advertirle: “Excelino, lo van a matar, váyase”. Eso se repitió por tres o cuatro veces, con los resultados conocidos. Me cuentan que ‘Pocholo’ terminó su vida en el mundo de los traquetos.

–¿Y la familia de Excelino?

–Tuvo por lo menos un hijo, su tocayo, que posee un taller de latonería en el Líbano. Su nieto, Freddy Excelino, es un ciclista que ganó dos veces el premio de montaña en el famoso Giro de Italia. Hasta ahí sé.

En el camino a mi apartamento pienso en que los llamados revolucionarios vivimos decenas de años al lado de otros también llamados revolucionarios y nunca llegamos a conocernos.

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