Una pandemia es una enfermedad infecciosa que se extiende a muchos países y se transmite con gran facilidad. La peste negra del siglo XIV es un ícono histórico en este sentido,  y la más reciente fue la temida gripa H1N1, que al final de cuentas no fue tan letal como se esperaba. Pues bien, lo que se ha venido a descubrir en las últimas dos décadas es que la corrupción es toda una pandemia social, económica y política que afecta a la mayoría de países del mundo. Este descubrimiento ha sido posible gracias a entidades que hacen un seguimiento riguroso a este fenómeno en todo el planeta, siendo Transparencia Internacional la institución más reconocida en el estudio de este mal y en la elaboración de propuestas y posibles tratamientos.

 Transparencia Internacional elabora lo que ha llamado “el barómetro mundial sobre corrupción”, un estudio muy completo sobre la percepción que los ciudadanos de todo el mundo tienen sobre la corrupción. La versión 2013 de esta encuesta realizó 114.000 entrevistas en 107 países, y sus resultados confirmaron ciertas tendencias: son determinadas regiones del mundo las que más se afectan por este fenómeno, ciertas entidades públicas son las de peor reputación y existe un sentimiento casi generalizado respecto a la impotencia de los gobiernos para luchar contra la corrupción. (El estudio completo:http://www.transparency.org/gcb2013 ).

En Latinoamérica, África y Asia la corrupción se mueve con total comodidad y hace los mayores estragos. Un ejemplo reciente de los daños que causa esta enfermedad social está en Bangladesh, donde murieron 1.127 personas por el colapso de un edificio que albergaba trabajadores textiles, pues todo indica que los estándares de seguridad estructural del edificio fueron omitidos debido a actos de corrupción. En contraste, la mayoría de los países con menores índices de corrupción están en Europa. Tiene que haber algo que haga que Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Suiza, Países Bajos, Nueva Zelanda y Canadá sean los menos corruptos, haciendo que este fenómeno tenga muy poco impacto social, y por el contrario que Guatemala, Sri Lanka, Gambia, Burquina Faso, México, Egipto, República Dominicana, Senegal, Bolivia, entre otros, sean los vistos como más corruptos. Toca escarbar solo un poco para ver que la estructura social, los niveles de equidad y de distribución de activos intervienen en este sentido. Sociedades más incluyentes y equitativas tienden a ser menos corruptas y las más inequitativas e injustas las más corruptas.

Sin lugar a dudas, los partidos políticos son el principal blanco de dardos respecto a sus prácticas corruptas. Y no salen bien librados la policía y el poder judicial. En todo el mundo.

Respecto a Colombia, la mayoría de las personas consultadas dijeron que el problema se ha incrementado en los últimos años, convirtiéndose en algo muy serio; que en buena medida las instituciones de gobierno son regentadas por personas con intereses particulares y que las acciones del Estado para combatir la corrupción son muy poco eficaces. El 81 % piensa que los partidos políticos son corruptos, el 79 % que el congreso, 61 % que la policía, y 38 % que los empresarios, entre otros. Una tendencia general es que los colombianos percibimos nuestras instituciones púbicas y privadas como más corruptas que el promedio mundial y regional. Incluso, organizaciones que no son vistas como corruptas en la mayoría de los demás países, como las ONG y las fuerzas militares, en Colombia no se salvan del dedo acusador.

El saber que el mal es mundial no merma sus devastadores efectos locales; sin embargo, da indicios para que entendamos que su abordaje debe ser diferente a meros señalamientos puntuales y coyunturales, o brotes de indignación. Hay algo en la sociedad contemporánea que hace de la corrupción una práctica social extendida, y hay que descubrir ese factor no tan evidente y que es en últimas el motor que mueve hacia allá y que desborda órganos de control y sanción. La inequidad social parece tener una relación directa con la corrupción, pues como podemos ver, ésta se manifiesta más vigorosamente en regiones y países reconocidos por ser inequitativos. Sin embargo, también hay una causa oculta que mueve la corrupción y es toda la presión social que se va generando sobre las personas para que tengan éxito y progreso material, y esta presión termina por romper diques éticos y morales. Lo peor es que esta presión está legitimada en la sociedad y es vista como “motor de progreso”. En últimas otra pandemia, pero no la vemos, o peor, no la queremos tratar, y ella es el camino más corto a la corrupción.

Ricardo Correa Robledo
ricardocorrearobledo@gmail.com