SI NI SIQUIERA PUEDEN SER POLICÍAS, ¿ENTONCES QUÉ?

jose-GironEl Presidente Santos el 26 de Enero  en París cuando en uno de sus tantos viajes buscándole recursos al postconflicto, declaró que ¨ “En las zonas de conflicto queremos una presencia especial donde por muchos años han soportado la guerra y hemos pensado que el concepto de la gendarmería funciona como anillo al dedo, en esas zonas. No lo descarto, que esa policía tenga presencia de guerrilleros desmovilizados, eso hay que negociarlo entre las dos partes”, provocando de parte de los enemigos del proceso de la Habana y de  no pocos que de dientes para fuera dicen aprobarlo pero que en el fondo hacen parte de ese gran coro opositor, una reacción de cuyo tono sólo era  posible inferir violencia, agresividad, y todo un espíritu retaliativo.

Los argumentos esgrimidos por personajes como los líderes del Centro democrático, el  procurador y la mayoría de los medios,van desde afirmar que la dirección de la policía le será entregada a la guerrilla, hasta opiniones como las del  neodefensor de las víctimas el Procurador Alejandro Ordoñez en las que señala que una decisión de este tipo entrañaría el ¨ El absurdo de poner la seguridad de las víctimas en manos de sus victimarios¨.  La importancia del debate que este hecho ha suscitado radica en que allí se devela el calado de las aversiones al proceso de la Habana y con ello, los grandes problemas que enfrenta un problema de fondo como la reconciliación.

La reconciliación corresponde a un concepto complejo sobre el que existen diversas maneras de abordarlo en tanto aparatos ideológicos como las iglesias y los partidos políticos por ejemplo, tienen su propia lectura y acentos. Pero hay componentes ineludibles: la reconciliación  en conflictos armados de larga duración  implica  procesos sociales y políticos de larga duración encaminados a tratar las causas por las que originó el conflicto, exige que las víctimas les sean reconocidos sus derechos de manera satisfactoria, entraña un cambio cultural en la estructura de valores y de creencias que se expresan en que nuevas emociones se abren paso para hacer viable un nuevo marco de relaciones, por ello, es un proceso que implica la reconstrucción del tejido social y el establecimiento de una nueva legalidad. En un ambiente social plagado de odio,  miedo,  desconfianza y  egoísmo, debe abrirse, paso otro en donde el amor, la confianza, la solidaridad y el altruismo sean los que primen en las relaciones sociales. Así, un conflicto armado desatado por prácticas excluyentes, su superación y transformación debe conjugar el verbo incluir si espera hacerse verdadero  y sostenible. Y cuando se habla de inclusión es para insurgentes y no insurgentes, es para todos, es dicho de otra manera,  que el Estado de derecho en sus derechos y deberes lo es para todos. Y esto implica en el caso de un fin exitosos en las negociaciones de la Habana que una vez resueltos los contenidos de justicia transicional, el grueso de las FARC entraran a ser parte de esta sociedad. Asombra que pueda existir  alguien que conciba que  un proceso como el que se lleva a cabo en Colombia sea para aplicar  un criterio excluyente con quienes se busca dejen las armas y se  incorporen a la vida civil, lo cual es un total absurdo

Y lo anterior que podría sonar a un discurso  teórico, hechos tan significativos como los ocurridos en sud África, Irlanda del Norte, El Salvador, Nicaragua y Uruguay para sólo mencionar algunos, en donde exguerrilleros pudieron llegar al cargo más importante de un país como la presidencia, están demostrando que el debate al cual venimos asistiendo aparte de desproporcionado, está mostrando nuestras precariedades en materia de reconciliación  permanentemente alimentadas por quienes han sido beneficiarios de la guerra y por un presidente errático que como Santos se la pasa dándole explicaciones a quienes propiamente no las necesitan pues  tienen muy claro que es lo que buscan. A Santos se le abona el haberse atrevido a plantearse el actual proceso con las FARC  y su muy probable cierre exitoso, pero preocupa sobremanera que sus afectos a la seguridad democrática, sus vínculos ideopolíticos con el neoliberalismo y su escaso interés en desmontar la doctrina de seguridad  que ha dominado la praxis del aparato coercitivo del estado,- de donde proviene  su talante errático y contradictorio,- en nada le favorecerían imaginar un escenario de reconciliación y por lo tanto liderar el proceso que ayude a cicatrizar las heridas dejadas por una guerra tan degradada como la colombiana.  Lo grave es que aun no tenemos en los nuevos y viejos liderazgos alguien que cuente con la fuerza y credibilidad para encarnar y encarar un reto de esta naturaleza.

En un momento en el cual se instala en la Habana la sesión 32 de este proceso de negociación, prepararse para el postconflicto exige sin duda ocuparse entre otros de conseguir  los recursos  para  financiar  aquellas políticas encaminadas a plasmar como realidad  los acuerdos a los que llegue como lo viene haciendo el gobierno, pero esto podría terminar en una descomunal frustración  si no se toman en cuenta que la reconciliación como antídoto contra  la continuidad de la guerra va más allá de criterios económicos y políticos y pasa de fondo en admitir la posibilidad de que un exguerrillero sea quien en algún momento desde el aparato estatal legal proporcione seguridad a una vereda o llegue como se ha indicado, a ocupar el primer cargo del país. La realidad de a puño parece indicar que para llegar a ésto, nos falta todavía mucha cinta para el moño.

José Girón Sierra

Observatorio de DDHH- IPC

Febrero 2 de 2015