Alejandro NeitaApenas abrí los ojos sentí la realidad plena y posible, colmada de las sensaciones angustiantes de las que fui preso de inmediato. Hubiera querido mantenerme dentro de mis sueños, al menos en ellos las imágenes se desentienden del filo emblemático de sus diseños, pues son espurias y no adolecen del crudo engaño de la realidad tan sistémica e inmóvil.

¿Qué hago en esta calle desolada y triste? ¿Quién me trajo hasta estos rincones oscuros? ¿Habré sido yo? ¿Por qué estoy en harapos, tan sucio y oloroso a olvido, como si mi existencia hubiera emergido de algún basurero?

Escasamente recuerdo quien soy, me llamo (…) mentiras, no lo sé. ¿Mi edad? Tengo… bueno, tampoco lo sé. No soy nada. A decir verdad el tiempo para mí muy de vez en cuando se cristaliza, solamente en las actividades necesarias para mi subsistencia; entonces sé de los momentos en los que rebusco los sobrados de comida en los basureros de los restaurantes, cuando la fría lluvia me obliga a escampar en cualquier espacio cubierto (por lo general los andenes de las casas, debajo de los puentes o, en los peores casos, debajo de los árboles) y, por supuesto, de las gélidas noches de brillantes estrellas en las que quisiera confundirme con una de ellas para aplacar mis enervantes escalofríos.

Tengo motivos para creer que siempre he existido en este lugar, como si mi nacimiento hubiera sido producto de esta monda pared que tengo a mi lado. ¡Miento! ¡Miento enormemente! Recuerdos fugaces revolotean en mi cabeza: el pezón del seno de mi madre, el rostro de la vieja arrugada y lívida, las penurias de un barrio mísero, la marginalidad y, finalmente, este oscuro callejón una mañana de Abril ¿o de Diciembre? Desde luego omito muchos procesos dentro de la sociedad y mi construcción como sujeto que de una u otra manera representaron la apuesta por un sendero de vida, pero en este momento las he olvidado por completo pues se han recubierto en esos saltos temporales que mencioné, o bien porque los lánguidos senos de mi madre no alcanzaron a alimentar por siempre a todos en la familia, o bien porque la marginalidad nos destrozó desde dentro las cabezas y los cuerpos.

Mis días pueden ser largos o cortos, eso depende del tipo de droga que haya consumido. ¡Claro que me drogo! Este fatal estado me obliga a depender de sus (in) significados y mundos; bajo sus efectos la realidad se vuelve de papel o de alguna textura blanda, entonces puedo traspasar paredes como portales y dirigirme hacia los confines del universo donde existo en la intimidad vulnerada y cegada de mi soledad, como un navegante extraviado más allá de sus límites, contemplando la forma concéntrica del universo, cuando lo veo desplegado ante mí, pienso que éste tiene la finura de una hoja de papel; los portales también me llevan a imaginar el mundo sin mi existencia, donde yo soy solo alguien que observa desde afuera los acontecimientos; o me llevan al útero de mi madre cuando era solo un feto o al momento cuando vi por primera vez la luz ciega del hospital, esto es devastador para mí y en el mismo instante que nazco lloro como aquel recién nacido.

En ocasiones me veo caminando por las calles de la ciudad, apartándome de las bestiales miradas de las personas que, juntos a sus enormes edificios, conforman la unidad totalizante de mi confinamiento. Luego, como por arte de magia, aparezco en otro lugar, ¡En serio! nunca he sabido cómo funciona el tiempo y el espacio, éste se figura simplemente en calles y avenidas por las que transito.

¿En qué consiste mi confinamiento o la nefasta coherencia de lo totalizante? En las disposiciones de las luces públicas que se juntan con las calles para darle el terrible aspecto simétrico de la ciudad, en el sentimiento de perdición al ver en diferentes momentos la ventana del décimo piso de un edificio en donde permanece asomado un anciano, en las alturas con las que éstos se construyen obnubilando diariamente la luz del sol, o en las miles de historias que siempre permanecen mudas dentro de los muros de alguna calle estrecha. A pesar de todo veo la ciudad tan pequeña obedeciendo a los ciclos circulares e infinitos de la noche y del día. No hay muchas cosas por detallar al verla, desde un punto distante, consumida en un punto amarillo como lo hago yo en mis noches.

Cuando camino por la ciudad encuentro mucha gente igual a mí y de las que puedo dar cuenta en tanto personas marginadas y olvidadas como yo. Pedimos monedas o alimentos para vivir, nos hacemos alrededor de una fogata y en ocasiones dormimos debajo de los puentes o en el Bronx, ese lugar exclusivo para la mendicidad y las autoridades endemoniadas que piensan en nosotros como basura. ¡No creo que el hombre haya evolucionado para esto! Por otro lado, cuando no estamos muy drogados sacamos de nuestro interior cierta tibieza poca acostumbrada: nos damos aliento entre miradas acompasadas de tristezas o de alegrías incongruentes con nuestro aspecto; nos reímos de esta condición mostrando los tres o cuatro dientes amarillos y negros al borde del colapso.

La noche y el día son indiferentes para mí, sé que en la primera el frío quema sobre la piel como si el hielo mismo se deslizara por las venas, también en ésta los soles de colores alumbran en decenas colgados de los árboles metálicos del alumbrado público. Igualmente sé que el día se contrasta con la noche por la apariencia de movimientos y dinamismo: las personas en el día aparecen y desvanecen en la inmediatez de sus afanes y revoloteos.

En mi caso prefiero las noches, porque no me siento vulnerable ante la indiferencia de esas multitudes de personas: no hay miradas frívolas de odio o comentarios adversos de demostraciones de superioridades infundadas en la costumbre y la razón.

Alguna vez escuché decir a un poeta que la noche está cargada de la melancolía de sus vigilantes. No supe descifrar su dichoso adagio pues de sentimientos sé poco, supongo, basándome en sus palabras, que la melancolía es uno mismo tratándose de hallar en razones o sentimientos inconclusos.

¿Cómo y cuándo sucedió todo esto? ¿Quién me trajo aquí? ¿Fui yo capaz de realizar semejante recorrido? No lo recuerdo con exactitud, pero, mientras me fumo esta colilla de cigarrillo que recién encontré en el piso, deseo que fuese así, que la marginalidad fuese mía solamente y no algo causado por las relaciones intangibles o materiales de los otros.

Mario Alejandro Neita Echeverry
Politólogo de la Universidad Nacional