Por Juan Guillermo Gómez García

Uribe es un personaje que ha cautivado al país en sus últimos ocho años y ha despertado, tal vez en igual medida, feroces debates. De estirpe antioqueña, su figura menuda, que de lejos y desprevenidamente podría confundirse con un cura párroco, ha logrado levantar admiración y odio, pasión incondicional por mayorías y protestas por sectores minoritarios que, franca y cordialmente, lo detestan. Las razones para esta polarización saltan a la vista y no se necesita un acto de taumaturgia argumentativa para revelar los resortes que empujan a uno y otro sector a venerarlo o aborrecerlo, sin medias tintas. A él lo acompaña una larga cola de realizaciones, reales, potenciales o virtuales, que son puestas, conforme quien lo juzga, en el haber o deber de un gobierno que da, en este momento, los síntomas de un desgaste inevitable.

Uribe ha logrado dar un giro a la política nacional de las últimas décadas que había padecido, sin lugar a excepción, de presidentes que se había beneficiado, sin pena ni gloria, de un sistema político conocido como Frente Nacional. A diferencia de los mandatarios que lo precedieron inmediatamente, Samper o Pastrana, a Uribe se le ha creído; mejor dicho, a Uribe se le ha venido creyendo, así baje su popularidad por acumulados actos de desacierto, como no se le creyó nunca a Turbay Ayala, como no se le creyó a Betancur Cuartas ni a Barco, y sobre todo a Uribe se le levantó un culto popular, espontáneo en su primer instante, que no conocieron los otros presidentes colombianos y que nunca soñaron tener.

Tal vez desde López Pumarejo o Gaitán o Rojas Pinilla, la historia de la democracia colombiana no conocía un caudillo político, un líder de masas y un hombre público que despertara tanto fervor, tanta pasión y tanto odio, al mismo tiempo, como Uribe. La gente en Colombia, si mi memoria no me engaña, despreciaba a Turbay, lo sabía sátrapa, cruel, corrupto, pero su figura, su voz, su vestimenta, su inteligencia, su ser, mejor dicho, apenas daban lugar a comentarios desdeñosos, a columnas agudas escritas por García Márquez en su páginas de “Alternativa”, pero no motivaban la polarización irascible y sin cuartel que presenció y protagonizó el pueblo colombiano en los últimos años.

Uribe arrastró a su favor la opinión pública, la condujo a los callejones a los que la quiso llevar, y la remolcó tras su personalidad que se fue agigantando, inusitadamente, ante la opacidad de los hombres a los que se oponía. La historia de desaciertos, desastres, mala administración, irresponsabilidad, corrupción, que se identificó con las figuras de Samper y Pastrana, abrió las compuestas para que las aguas represadas de la desesperanza desembocaran en alguien que prometía superar esos descalabros, y accionó de tal forma, con tal firmeza de propósitos, de modo tan unilateral e inequívoco que se le creyó, sin condiciones.

En el límite del desgaste de la democracia colombiana, en el filo de los desastres reales y los anunciados, con oportuna insistencia, se vislumbró una luz al final del largo túnel, y esa luz cobró dimensión corpórea en ese hombre de aspecto poco imponente, sin un pasado demasiado conocido (ni muy limpio), con un lenguaje de combate, con gestos fáciles que podían ser fácilmente interpretados por el hombre del común, con actitudes y conducta que traducían brío, decisión, firmeza.
La desesperanza, o la simple postración de décadas, hizo a Uribe; o mejor, contribuyó a hacerlo; o mejor, sin ese sentimiento de acumuladas frustraciones nacionales, sin la sucesión indefinida y sin soluciones de continuidad de gobiernos mediocres de Turbay a Pastrana, Uribe no hubiera sido posible. El primer actor político para vitalizar a Uribe, para darle carne, fuerza y nervio fue la desesperanza; hasta se podría argumentar, sin exageración, la desesperación de miles y miles de colombianos, dio vida desde sus entrañas a Uribe. Uribe se gestó en ese sentimiento negativo de falta de futuro. Sobre el horizonte negro, emergió el perfil de este caballista, descomplicado, que había hecho su escuela de gobierno en la hacienda, y que hablaba y actuaba con los modales patriarcales, de buen padre, que necesita el huérfano pueblo de Colombia. El buen padre le proporcionaba la dosis de alimento moral que precisa la masa agónica; le nutrió de sus afectos y le confirió un sentimiento de confianza y de seguridad que no conocía o creía no reconocer en su pasado inmediato.

Uribe se nutrió de la desesperanza colectiva, en su germen, así como la esperanza que logró descifrar en el lacerado inconsciente colectivo le sirvió para forjarse o terminar de forjar su personalidad autoritaria. La simbiosis entre Uribe y Colombia operó, con un grado de mutua e inusitada compatibilidad. La afinidad de propósitos inexpresados (o tácitos) en esa combinación, que se arrulló en una luna de miel que duró los primeros cuatro años de su mandato, fue al principio simpatía, luego fervor, más tarde complicidad y por fin, en algunos casos e individuos, violenta intolerancia, aunque el orden temporal o cronológico de estos estados mentales puede variar o alterarse, de muchas maneras y en muchas combinaciones, por región, partido, clase social, secta religiosa o género. La labor inconsciente que obró para acercarse estos dos actores, que fueron como uno, o mejor, se reclamaron de modo que Uribe era la patria y la patria era Uribe, pertenece a la antropología social, y mientras no haya estudios más convincentes, o simplemente estudios, es bueno aventurar algunas conjeturas o hipótesis.

Uribe actuó, para decirlo con la categoría resabida de Le Bon, de polo macho en el juego de atracciones y desposorio en que el pueblo colombiano se puso bajo su mando. El atractivo erótico, o simplemente el atractivo, fue mutuo, pero la acción positiva de insinuación, de abierta seducción, provino del galán de Salgar. Este argumentaba contra la desesperanza que consumía a la pobre novia, y si bien nunca él se auto-representó en ese papel explícito de Novio de la Patria, la patria postrada podía muy bien entregarse al prometedor presidente que hablaba duro, que se paseaba en caballo de paso fino de feria en feria, que usaba sombrero volteado, que iba a los reinados de belleza, con un peluquiado de montañero, pero que era dueño del rancho, y eso toda montañera entiende a qué sabe. Desesperanzada, casi como viuda sin conocer verdadero mandón, el optimismo fue contagioso, se coló entre los intersticios de los núcleos neuronales de millones, se metió a la sala, a la alcoba, a los baños y cocinas de los colombianos, les prometió paz con la guerra, prosperidad sin cuento, eficiencia a punta de bala, justicia, progreso y cero corrupción. Lo hizo bien, oportunamente, sin opositores que le dieran la talla; arrasó, opacó, gritó, se le hizo caso, se le aplaudió los gritos, la novia-Colombia quedó, pues, seducida.

El cuento de hadas, contado de esta manera simbólica, con todo, fue un cuento también cruel, un cuento de terror, que tiene sus más inmediatos antecedentes, no solo en la lucha anti-guerrillera que Uribe encarnó como cosa personal (sin que él ni sus hijos hayan pisado un campo de batalla), sino que hace parte de otros actos de seducción colectiva que han envuelto y revolcado al pueblo colombiano desde hace décadas. Si Samper o Pastrana fueron unos mediocres consumados, si fueron los representantes de una clase política sin legitimidad, si ellos eran, entonces, como los últimos vástagos de una oligarquía inoperante, corrupta e inconveniente, definitivamente, para el país, también no era menos cierto que el país se movía a su anchas entre aventuras suicidas, pero no menos atractivas.

Antes de que el caballista de Salgar hubiera logrado hipnotizar al país y ponerlo a ver sus deslumbrantes artes de acrobacia equino-política, Colombia entera, o casi toda Colombia, o una parte suficientemente representativa de Colombia, al menos la que ha venido mandando, gobernando y comprando todo lo que hay, se obnubiló por Pablo Escobar. Es un acto de hipocresía, es decir, es un acto muy colombiano, empezar por horrorizarnos por este representante oscuro y notabilísimo de la vida nacional, y enseguida contar con diversos grados de complacencia sus gracias delincuenciales.

Nadie, incluso muchos de los que fueron sus víctimas, deja de admirar la astucia, la genialidad para el mal, la dimensión de sus empresas mafiosas, no porque ellas hayan sido solo una muestra de la capacidad creativa de este otro hijo de Antioquia la grande, sino porque en esas empresas se cifra, o sea, se encarna sintéticamente, una manera de ser colombiana. Pablo Escobar no es un individuo, es un tipo social consumado; un carácter que delata una realización, un deseo, un sueño cumplidos. Pablo escobar es un matón, un asesino en serie, un capo de la mafia; nadie lo duda. Pero es también la encarnación de una venganza popular, de un revanchismo social contra las clases altas colombianas, contra la estructura violentamente injusta del país. De extracción social, su vida se movió, desde su niñez en la pobreza y rápidamente ingresó a la delincuencia común. El salto que dio a la delincuencia en gran escala, fue obra de su temperamento inquieto y su mente abierta, como fue producto de un medio muy propicio para aclimatar esta clase de empresas criminales.

Escobar

Pablo escobar no creció en un medio puritano, de severos observadores de las leyes divinas y humanas. Por el contrario su vida de maleante se vio, ampliamente favorecida por la permeabilidad moral, casi podríamos decir, por la aplicación de manga ancha del casuismo relativista del jesuitismo, que tenemos la gran mayoría de los colombianos. Entre la delincuencia y las bandas de los años cincuenta y los setentas, en las que actuó como protagonista Escobar, solo media una relación de escala. El fundamento socio-cultural es el mismo, y este fue el que aclimató, mimó e hizo posible al hijo de un modesto mayordomo de El Tablazo.

La vida de Pablo Escobar parece copiar la vida de odio social y desequilibrio psíquico de Facundo Quiroga, tal como en ella se nos muestra magistralmente en el libro de Sarmiento; también hay rasgos calcados de la vida de Pancho Villa, tal como también quedó registrado por el periodista Reed. Pero Pablo Escobar suma a esos modelos implícitos, la peculiaridad de moverse en un marco urbano, como es Medellín, en un momento en que la explosión demográfica había hecho triplicar la población en menos de veinte años. Ello explica no solo que las bandas delincuenciales crecieran en número sino que se perfilaran en una dimensión inesperada. El “efecto de demostración”, cabe decir en palabras más comprensibles, el deseo de consumo desaforado de amplios sectores sociales que hasta ese momento no tenían incorporado ese hábito capitalista, se multiplica en forma inconsiderada. Tiene mucho de raro que un niño pobre del campo, crecido aislado sin medios de comunicación, desee zapatos de rico, pero nada lo tiene que el hijo de un campesino pobre, recién llegado a la ciudad, en medio de una sociedad bombardeada por el consumo, los desee; los robe, mate por obtenerlo, organice combos, bandas y orquestas para adquirir sus ideales zapatos.

Pablo Escobar anticipó a Uribe en ganarse o robarse el alma popular. Sus medios fueron diferentes, pero digamos, más espontáneos, no porque fue el primero sino porque no tenía porque estar consciente de todos los resortes que activa en su ser y que repercutía en su entorno social. Escobar se movió en un medio de sectores bajos, pero cuando empezó a acceder a los medios y altos pudo corroborar que entre unos y otros no había una sustancial diferencia en su soporte moral y ético, y que todos aspiraban a tener, de modos más hipócritas, lo que él había adquirido de modo hábil, violento, creativo: plata. Todos desean la plata que él tenía. La deseaban, por supuesto, los compinches de su barrio, como lo deseaban, camufladamente, las señoras modestas que recibían sus generosos obsequios, como una casa, así sea que al día siguiente recibiera un balazo su amado esposo o su adorado hijo. El colorido de las escenas se puede muy fácil recrear; el humor, la picardía, la ingeniosidad, como sacada de Quevedo, de las entrañas de la España barroca y contrareformista, están a flor de piel y solo cabe una mirada desprevenida a la prensa de la época, pero sobre todo, basta sentarse a hablar con la gente del barrio Obrero de Envigado para dar con una clave cultural de hondas repercusiones y de un sabor o picante, que están más allá y mucho antes del moralismo oportunista que introdujo Luis Carlos Galán para entender el proceso.

La cantidad de anécdotas que nos traen el cine y la literatura de esa época sobre la época del narcotráfico, entre cuyas obras resaltan las películas de Víctor Gaviria, como documentos estéticos y no menos etnográficos, no agotan la explicación o comprensión del fenómeno “Pablo Escobar”. Tampoco bastan las obras que se han encargado de recrear su biografía delincuencial, o los análisis económicos del impacto de los dineros de la mafia en el normal funcionamiento de la economía del país y como parte de ella. Tampoco sobra destapar las ollas podridas del maridaje de Escobar y prominentes figuras de la vida política, empezando por Santofimio Botero, pero no menos hablar de sus migas con Monseñor López; mas ello, apenas roza la epidermis de un fenómeno socio-cultural determinante de la historia social en Colombia y que está asociado, íntimamente, con la traumática transición del campo a la ciudad en esas décadas cruciales.

Pablo Escobar encarna la figura ideal del capo, pero a la vez a la del padre perdido. Su paternalismo se echa de ver en su generosidad que se traducía también en ferocidad, y que actuaba como el ogro homérico que atemorizaba a sus presos con la sentencia: “tú serás el último”. Este rasgo mitológico de Escobar no es especulativo; los mafiosos siguen utilizando, como mecanismo de adhesión irrestricta, la amenaza de Polifemo. “Tú serás el último” es a la vez el “tú eres un privilegiado”; no solo está tu vida en mis manos, sino gracias a este gesto de bondad transicional tu puedes existir para adorarme, venerarme. El paternalismo brutal es un gesto muy propio de Escobar, sin el sentimiento de terror, sin el chantaje físico y moral que esconde esa actitud, no se logra la adherencia sagrada por el líder. Pablo Escobar explotó instintivamente esta doble o contradictoria, si se quiere, faceta: terror y culto a su personalidad. En realidad, nunca hubiera deseado conocerlo, de hecho nunca hice nada para conocer a Pablo Escobar, ni a Carlos Castaño ni a Álvaro Uribe Vélez, pero en estos personajes señeros de la vida nacional en las últimas tres o más décadas se encuentra o combina, en dosis diferenciadas, esa postura de ultimátum.

Pablo Escobar, como Castaño y Uribe, venía de campo. Escobar activó en torno a sí una simbología peculiar, enriqueció los mitologemas de la vida nacional. Pablo Escobar es un mito, es decir, un mito en el sentido moderno, en el sentido en que figura, trasparenta y oculta al tiempo, significaciones múltiples, signos encontrados y formas diversas que aglutinan, repelen, seducen. Pablo Escobar, con esos bigoticos que denuncian su origen plebeyo, su pelo ondulado de blanco campesino del Oriente antioqueño, su sombrero de asaltante porteño, multiplicó por millones su imagen de burdo nuevo rico, envidiado por muchos, odiado por otros tantos. La figura de Pablo Escobar en estas fotografías, como hechas a propósito de llenar un álbum del imaginario nacional con unas monitas (o cromos) encantadoras, está en la cabeza de todo colombiano, y su rostro, me parece, es la figura nacional más conocida, con justa razón, en el mundo. No creo que ni García Márquez, por la época en que le dieron su Nobel (que además fue como un balazo que lo fulminó) era tan popular mundialmente como el capo de capi Escobar. Su figura se quiso igualar al mafioso Al Capone o -Lucky Luciano-, en cuyos modelos pretendió fundir, como en plomo, su efigie inconfundible, pese a su impresión anodina.

Pablo Escobar explotó a su favor sus éxitos e hizo del éxito el arma favorita para atraer y ser despreciado. Atraía a muchos, a miles, a millones, sobre todo y ante todo, de pobres espontáneamente, aunque, con cautela, se le acercaran hombres influyentes, poderosos, para servirse de la fortuna oriental que guardaba tras su pinta plebeya. Pablo escobar seducía a los suyos, porque nunca dejó de ser de ellos; sobre todo, cuando ostentaba como solo ostenta un nuevo rico que se enriqueció traficando con droga, sexo o armas. Atraía los pobres, a los plebeyos, no solo por el dinero, no solo porque se parecía a ellos y proyectaban todos sus ideales inconscientes, pero impotentes de hacer lo mismo si estuvieran en la misma situación. Gastaría a mares, sin ocultar nada; gastarían primero a la cucha a la que le daría una mansión, gastaría con los amigos a los que le prodigaría con carros, casa y putas, gastaría con las amantes, a las que las llevaría en yates y jets ejecutivos, y gastaría, sobre todo, a la esposa e hijos, porque primero es lo primero. Compraría, pues, carros blindados, pent-house, cuadros, pero sobre todo, pero sobre todo fincas, fincas y más fincas como hacen ahora Uribe, su mujer y sus descendientes. Fincas.

Comprar fincas y más fincas es ideal de Escobar, de narcotraficantes, de paramilitares, además de ser la condición propia de los hacendados tradicionales. Pablo Escobar se inmortalizó, en la imaginación popular, por la Hacienda Nápoles. La plata sirve ante todo para comprar fincas; comprar la Hacienda Nápoles, con sus rinocerontes, jirafas, hipopótamos, con toda la fauna exótica traída de los cinco Continentes. La Hacienda Nápoles parecía contener, en una fase de inusitada caricaturización, el amor a la tierra de la cultura tradicional antioqueña. Este territorio “salvaje” acumulaba y entremezclaba la ostentación con el mal gusto, la exaltación del núcleo familiar como el pillaje exitoso. En otros términos, en la Hacienda Nápoles Escobar ejercía de soberano; mandaba sobre un territorio reconquistado a la imaginación del infante pobre en la ciudad que coronaba todos sus esfuerzos, todo su emprendimiento, en estas hectáreas de naturaleza virgen que temblaba, como en sismo, por el peso y rugido de carros y motos de alto cilindraje. La Hacienda era paraíso, pista de aterrizaje, motel de mil orgías, centro de capacitación de sicarios, zoológico privado al servicio de quien quisiera admirar sus especies, en una palabra, estrambótico culto a la tierra. El retorno a la naturaleza, que como nostalgia obra en la vida del hombre desplazado del campo a la ciudad, tenía su especial traducción en esta exposición de los valores de antaño en tipo nuevo.

Pablo Escobar era un hombre tradicional. Tenía temor de Dios, de la virgen y de la excomunión; amaba su familia por encima de todo en la tierra; tenía sus amantes, cual de todas más loba y tonta; combinaba fe católica, trabajo y propiedad. Sus valores eran los que compartía la sociedad, en su conjunto, aunque en su caso, por la forma en que trabajó y compró sus bienes, solo se diferenciaba de los pro-hombres de la sociedad establecida por un matiz. Ese matiz era un matiz de clase, un matiz de cultura, un matiz determinante, en cualquiera de los casos. Por eso, quiera quien quisiera quererlo, a Pablo Escobar no se le podía atornillar al potro presidencial, así fuera que lo tuviéramos en los corazones. Pablo Escobar podría, y era de hecho, un héroe popular; su vida, sus hazañas, sus desafíos eran legendarios; son, todavía, objeto de interminables entretenimientos y conversaciones en la mesa de casas modestas del país. Como un duende, sigue rondando las cabezas de miles de jóvenes, y su iconografía no se ha agotado del todo, como no se ha agotado, pese al reguetón, el gusto por tangos, boleros y baladas.

En suma, Pablo Escobar fundó una tradición, sumamente atractiva, de mafiosos colombianos que no desdicen, sino que más bien corroboran, los deseos inconfesos del hombre promedio colombiano, atrapado en sus mil prejuicios. Como hampón supremo de la patria, aclimató o contribuyó a aclimatar la relación mafia-poder, mafia-sociedad, mafia-negocios. Como modelo, todos podían aspirar a imitarlo, aunque, en realidad, como deidad primigenia, nadie ha logrado llegarle a sus tobillos como símbolo nacional. El joven de comuna, o sea de barrio pobre, encontró al padre que no tenía, pues o no lo tenía de hecho, y precisa una figura sustituta, o si lo tenía era demasiado pobre como para respetarlo. Pablo escobar abrió un rumbo a miles de niños o jóvenes y dio oportunidad a cientos de cientos de personas en su natal Medellín, en la capital Bogotá y a sus satélites en Queens (N.Y.) para salir de la maldita pobreza. La pobreza, la falta de oportunidades crea el resentimiento, pero también el ingenio. La necesidad fantasea al ritmo de esa criminalidad. El crimen afectó amplísimos sectores, directamente, o deseadamente. No solo se delinque, sino se desea delinquir para obtener sus sueños. Como hijo del complejo antioqueño, Escobar fue emprendedor, empecinado y, para su caso, logró éxito, notoriedad y fama mundial. En el crisol multicultural que son las ciudades en expansión, el tipo de Escobar se clonó en Cali, Barranquilla, o donde hiciera falta trabajar para sacar adelante estos sueños. Los sueños estaban al alcance de una “vuelta” bien hecha. Falta solo ganas para no lograrlo.

Pero si los jóvenes fueron los primeros afectados de la onda expansiva de la organización criminal, también los adultos, los banqueros, los comerciantes pudientes, los parlamentarios, miembros del alto clero, muchos oficiales del ejército, comandantes de policía, también artistas y profesionales, se pusieron al servicio de esas mafias o se aprovecharon de ellas o pretendieron sacar tajada de un dinero que si no lo tomaba yo, lo tomaba el vecino. Pablo Escobar no creo ese clima, pero ese clima de relajado inmoralismo, de permeabilidad, de complicidad, de favorabilidad, facilitó e incluso fortaleció la carrera loca por el dinero “fácil”. En realidad, el que menos fácil lo obtenía era Escobar, pero todos lo querían igual de rápido y en las dimensiones descomunales que él lo adquirió. Podemos suponer los reparos morales, o mejor el cálculo de consecuencias penales que inhibieron a muchos industriales ante las ofertas tentadoras de lavar esos capitales desconocidos en el país. El take off nacional venía por vía non sancta, pero que se iba a colar, de todos modos, era un fenómenos imparable y hasta deseado. El aluvión de capitales sepultó el barniz de pudor que ostentaban o los que quedaron excluidos del juego o los que simplemente se salvaron por carambola (es decir, que les llega el dinero por intermedios de intermediarios y así, de mano en mano, el dinero sucio, se iba lavando haciéndose todos los de la vista gorda). Vender la casa en un barrio tradicional, a un precio por encima del mercado, fue una de las tantas y tantas formas de limpiar capitales con beneficios verdaderamente fraudulentos, pero universalmente aceptados.

Pablo Escobar aclimató esa cultura o la cultura favoreció, sin mayores rechazos, incluso con innumerables gestos de aceptación, entusiasmo y fervor, esas nuevas maneras de adquirir capitales. El culto a esos dineros, fue culto, necesidad, fatalidad. El dinero rodó a chorros, inundó las bocas sedientas de los colombianos, estimuló su fantasía empresarial (las llamadas pirámides son parte de esa misma fantasía en que el Tutankamon de turno ofrece los tesoros orientales a sus súbditos, sin esfuerzos de ninguna especie), hizo pensar que el dinero sin delito no se consigue, y que en todo caso como el dinero escasea y las oportunidades son mezquinas, es mejor entrar al reino de los cielos, es decir, antes de los ricos solos, antes de que venga un envidioso calvinista (moralista odioso) y nos joda la predestinación.

Castaño

Si Pablo Escobar aclimató la delincuencia, e incluso, si gracias a sus triunfos en el exterior llegó a identificar país con mafia, Carlos Castaño Gil, de una familia de campesinos de Amalfi (Antioquia), medianos propietarios, vecino a la Hacienda Nápoles (en Colombia todas las haciendan colindan entre sí, y el que más, tiene parceros o vecinos, por ello es Uribe), llegó a hacer de las masacres de campesinos del terrorismo paramilitar, el modus operandi más común y más aceptado de sus años de gloria. Castaño fue otro héroe nacional. Si bien no alcanzó la tipología de mito nacional, ni se le recuerda por las hazañas sensacionales, en que se mezcla en anti-yanquismo instintivo de las clases populares colombianas, sí tuvo triunfos militares inolvidables para nuestras fuerzas armadas. Castaño fue, antes del advenimiento de Mancuso, el paramilitar por antonomasia en la historia reciente de Colombia.

Castaño arrasó, de manos de militares, narcotráficantes, dueños de hacienda, empresarios, industriales y multinacionales, el campo colombiano. Carlos Castaño impuso a sangre, masacres y terrorismo, un reino que, en realidad, no ha terminado, pese a que lo asesinaron sus hermanos y compañeros de lucha y pese todo lo que diga el gobierno de la desaparición de las estructuras paramilitares. El fondo sigue intacto. El fondo sigue intacto, o mejor, se logró el propósito inicial que era no solo recuperar las tierras sino liquidar la subversión y hacer creer que ese régimen del terror es la mejor manera de garantizar la ciudadanía.

Castaño hizo una guerra abierta a la guerrilla, y fundó una actividad anti-subversiva frontal. Mientras Escobar coqueteó con el M-19, ocasionalmente, el M-19 coqueteó con Escobar, este mutuo coqueteo no pasaba de atracciones pasajeras sobre la base de una especie de populismo, o afecto popular tangencial y hasta oportunistamente compartido, Castaño fue un feroz enemigo de la subversión izquierdista. Sus milicias se reclutaron, entrenaron y comandaron para derrotar a la guerrilla de izquierda, cualquiera fuera la etiqueta que ostentaran, cualquiera fuera la ideología que moviera sus acciones revolucionarias. Con Castaño, y gracias a Castaño el país empezó a saber qué era ganar terreno en la lucha anti-subversiva, y gracias a estas campañas alcanzó una confianza creciente entre grandes terratenientes, entre medianos terratenientes, entre ganaderos, cafeteros, agricultores, y luego entre políticos, empresarios, multinacionales.

El poder de corrupción que Pablo Escobar había ejercido, se endosaba a Castaño, bajo la rúbrica de una garantía más sólida, más firme, más definida. Si en algún momento la sociedad colombiana, o el Estado llegó a declarar a Pablo Escobar como enemigo número uno de la sociedad colombiana, no se puede decir lo mismo de Castaño. De Castaño dijo un escritor muy afamando por sus novelas y sus desatinos, en noviembre del 2001, en una declaración sensacional que simplemente era eco de sentimientos ampliamente compartidos, que Carlos Castaño era un héroe nacional, que se le debería otorgar el grado de general de la república y que gracias al paramilitarismo nos habíamos librado de seguir los caminos de la Cuba castrista. En lo único que se equivocó el escritor es que nombrar a Castaño de general era degradarlo, pues su posición de hecho en las filas militares era el de generalísimo.

Castaño pues atacó la guerrilla, fue el guardián mayor de la gran propiedad, masacró campesinos, acabó con líderes sindicales, con miles de opositores políticos, con simples ciudadanos que caían con la complicidad del Ejército, que terminó convirtiéndose en una fuerza de auxilio de sus ACCU. Todo le fue permitido y nadie, ni siquiera la prensa, o los observadores de Derechos Internacionales, ni el gobierno, osaron preguntarle por la enigmática nomenclatura. Una pizca de sentido común, o un simple filólogo, que con ello hubiera demostrado que la semántica sirve para algo, le hubiera objetado la C, del brazalete. Todos entienden que la organización de Castaño era una Auto-Defensa, es decir, miembros de pandillas organizados para matar población civil inerme, pero la C, de campesino, era un abuso sociológico, semántico, político. Tímidamente se le hubiera sugerido que cambiara la C por la T, de terrateniente, y así se hubiera podido, al menos, en las siglas empezar a despejar el equívoco: porque al fin y al cabo lo que Castaño defendía era la gran propiedad, la propiedad terrateniente de Colombia, mientras a los campesinos se le despachaba a la ciudad, por ser pequeños propietarios, siervos sin tierra.

Se ha calculado que los paramilitares en Colombia despojaron a los campesinos de cinco y medio millones de hectáreas. Eso equivale a sumar los territorios de Bélgica y Holanda. Si se piensa que uno roba tierra útil, y no barbecho, entonces, podemos imaginar cuál fue el territorio arrasado. Como desde la época llamada Violencia de los años 50, las motivaciones del despojo, son las mismas. Una buena lección sociológica, además de ser un crudo relato literario, es el cuento “La viuda de Montiel” de García Márquez. Allí se muestra que la intención de la alianza del alcalde Montiel con el policía, de acento del interior (reclutado por Laureano Gómez en su tenebrosa Popol) era hostigar a los ricos, es decir, a quienes tenían la propiedad. Este siempre ha sido el móvil, aunque los métodos y las circunstancias varíen. Tras la lucha anti-subversiva de Castaño se escondía la misma sed de tierras, el mismo impulso de comprador de tierras que hubo en Pablo escobar, que hay en Uribe Vélez. Esa insaciable sed, domina al hombre de hacienda por naturaleza, pero por efecto colateral al narcotraficante, al nuevo rico, a las clases medias urbanas, a todos quienes, por los más inverosímiles motivos nostálgicos y arribistas, sueñan coronar sus éxitos mundanos con un pedazo de tierra, entre más grande y ostentoso mejor, así no sirva o demuestre en la racionalidad económica una rentabilidad garantizada.

Castaño quiso hacer del campo colombiano un campo de paz, y casi lo logra. A este propósito nacional, se atravesó la perorata de Uribe Vélez que caló tan profundamente. Si Castaño había despejado el terreno en el plano de las estrategias y la ruta antisubversiva, y cuando parecía que los niveles de expectativas en esa lucha se empantanaban en las conversaciones de paz con las FARC en el mandato de Pastrana Arango (tal vez nunca hubo más masacres y crímenes atroces que en las negociaciones de paz por parte de los paramilitares), o Pastrana Haragán como lo suponían todos, faltaba quien le diera una dimensión política inédita, quien diera el salto cualitativo a una guerra sin tregua contra la subversión.

El sentimiento antiguerrillero, sobre todo, por el fracaso de las conversiones con las FARC, y no menos por los injustificables, para cualquier respecto, secuestros indiscriminados, llamadas pescas milagrosas, era profundo; una realidad que se palpaba en el ambiente. Habría que ser sordo para pensar que el país quería otra solución pacífica, pues al fin y al cabo lo que se desacreditó en los diálogos de ese gobierno de Pastrana, era la paz y no la guerra. La guerra se imponía en los ánimos de los colombianos; si las FARC habían sido los electores de Pastrana Arango, sin merecerlo de ningún modo, era porque les sonaba de algún modo que, al pactar con la FARC una tregua, se evitaba un charco de sangre y se recuperaba un espacio políticamente civilizado. No parece muy coherente tratar de poner en el mismo tablero las marchas triunfales de los asesinos de Castaño que asolaban el país, a sus campesinos y se enfrentaban rabiosamente con sus enemigos militares, con el sentimiento pacifista que acompañó las intenciones de Pastrana a llevar a algún término razonable a la organización armada ilegal más antigua, formidable e indestructible del hemisferio occidental. Pero eso aconteció.

A Uribe Vélez le cabe la suerte de formar un “bloque de odio”. Uribe Vélez materializó una idea difusa, por lo menos en algunos de sus componentes, de asimilar la oposición, cualquiera fuera ésta al gobierno, con las FARC. El furor, la insistencia, la reiteración monotemática de la creación mental del enemigo común, fue señal y fuente de confianza desmedida. Las extremas medidas que tomó al principio de su gobierno, con sus pescas milagrosas, es decir, con la cadena de delincuentes subversiones que, sin ton ni son, exhibían al principio de su gobierno, contraviniendo todo mandato constitucional y legal, fue la clave de su historia en su gobierno. La mano dura que prometió la cumplió. El corazón generoso que exhibió en sus carteles se tradujo en violentas arremetidas, en feroces persecuciones, en implacables represalias; impuso un código draconiano hacia afuera, para quienes real, supuesta, virtual o imaginadamente atentaran contra su “Seguridad Democrática”, que sus seguidores no saben qué significan pero que a ojo cerrado siguen a quien la predica. Uribe impuso, impulsó y cohonestó un código de implacable persecución a los disidentes políticos, y convirtió al Estado y a los cuerpos de seguridad, el ejército, policía y DAS, en un gran mecanismo al servicio de la anulación de los miembros activos de la resistencia, sea estudiantil, campesina, sindical, comunitaria, indígena, y demás. Pero hizo más. Mientras Castaño era una fuerza militar que arrasaba a sus enemigos, y se alió y fortaleció la actividad de terrorismo de derecha, Uribe Vélez explotó el sentir popular anti-FARC como una modalidad de hacer justicia estatal, es decir, garantizar todo tipo y forma de eliminación del enemigo político, bajo la consideración de un estatus políticamente denegado. Hizo más. Mientras Castaño luchó con hombres armados contra hombres armados, a campo abierto, para ganar espacios geográficamente determinantes de guerra, Uribe Vélez extendió e intensificó sus formas de lucha contra la subversión, en un plano ideológico -otros dirán simbólico- mucho más efectivo. Hizo de las dependencias del gobierno instrumentos de su sed de venganza personal, para vengar a su padre presuntamente muerto a manos de las FARC (unos dicen descuartizado), y convirtió, o logró interpretar un sentimiento de odio en un sentimiento de venganza colectiva. Aquí en la Santa Teresita se le vio la misma “mañanitica” en que liquidó a Raúl Reyes en Ecuador, rezar ante los restos de su padre para ratificar su profesión de fe.

Los orígenes sociales de Uribe son suficientemente conocidos como para ahondar en ellos. Basta anotar que es hijo de un finquero del suroeste antioqueño, mediano propietario que entró en contacto con las mafias locales. Estudió en un colegio de clases medias de la ciudad e ingresó a la Universidad de Antioquia en donde culminó los estudios de derecho. Su sed de tierras le hizo comprar la Hacienda del Ubérrimo en Córdoba que, como la Hacienda Nápoles, es símbolo de su prestancia y coronación social. Alcanzó algunos cargos de la administración estatal, fue alcalde y concejal de Medellín, pero donde más se le recuerda es como gobernador de su Departamento, en donde ensayó su concepción célebre de la seguridad de las propiedades rurales privadas como clave de la vida política. Se rodeó tempranamente de aventureros, tramposos, y hasta bribones y asaltantes de todo estilo, que compartieron el ideario agrario-militarista. Su hasta cierto punto meteórica actuación pública, se hizo notable nacionalmente, en la campaña presidencial del 2002, en la que pasó de ser un candidato de pocas opciones al triunfador por los balbuceos de su oponente, el desprestigiadísimo Horacio Serpa, frente al tema candente de las FARC. Uribe capitalizó el problema nacional de la guerra antisubeversiva para darle un estatus de abominable actualidad. Hizo de las FARC pilar absolutista de su discurso público, se mostró como salvador mesiánico de la nación en peligro y cerró toda posibilidad de pensar que con esa agrupación terrorista se podía dialogar. La única solución era liquidarlos militarmente. La construcción del enemigo como enemigo absoluto se constituyó, en adelante, en el factor decisivo y central de su ser político: así las FARC, por vía negativa lo llevarían a su primera presidencia. El resto es un cuento de los hermanos Grimm, en versión criolla.

Si la mediocridad de Samper y Pastrana fue el primer aliado a la causa de Uribe, en su aspiración presidencial, a ese actor nacional genérico, se sumó la idealización del enemigo, las FARC, como factótum de los males de Colombia. “Si llueve y se inunda la casita”; eso son las FARC. “Si hace mucho sol, y se pierden las cosechas”, no queda duda que tras ello esta Tirofijo; “Si subieron los impuesto de renta y complementarios”, no cabe sino echarle la culpa al secretariado de la selva. Las peroratas de Uribe contra las FARC fueron así el pan de cada día con que los colombianos nutrían su sed de venganza y su fe de salir de las lluvias excesivas, de las sequías sin solución, de los impuestos impagables y hasta la posibilidad de abandonar la esposa y ponerse a vivir con la amante deseada. El lenguaje anti- FARC fue el retintín con que los colombianos, antes de acostarse y en el instante de despertar, encantó los oídos del ama de casa de Armenia, del ejecutivo en la 72 en Bogotá, del transportador por las carreteras destapadas de los Llanos, de los hacendados que todavía compartían con Castaño la dicha de seguir asesinando tanta piel mestiza.

Los colombianos se identificaron con Uribe porque Uribe fue capaz de identificarse con la masa anónima de colombianos que querían no solo venganza sino hechos cumplidos, ya no por Castaño, sino por un presidente, de venganza anti-guerrillera.

Con la llegada de Uribe al poder, los días de Castaño estaban contados. Que lo matara su hermano o sus compinches fue solo un asunto de trámite que tenía que ver, no con su intención de largarse a Estados Unidos y huir del infierno que había creado, sino por el simple hecho de que sobraba. En el mismo cielo de Colombia no cabían Castaño y Uribe al mismo tiempo, y por eso despacharlo al cielo de verdad, a la eternidad bendita, pero metafísica, era una necesidad que se resolvía de un solo balazo. Y se lo dieron. Uribe estaba para hacer del infierno de Castaño el cielo de los colombianos. Y lo hizo en la ilusión, fue un acto de catarsis nacional en que muchos quisieron o se vieron expiando culpas propias, colectivas o comunitarias. En esa especie de rito expiatorio u orgiástico o báquico con que el chamán elevado a presidente envolvía a sus conciudadanos, tratados como fieles, súbditos o jornaleros, se encontró el país con él mismo, bajo la figura del redentor vengador. El señor presidente, era en adelante primer mandatario, sargento mayor, padre de familia, cura párroco, juez de provincia, experto en vallenato, amigo de Mancuso pero de lejitos, caballista consumado, bravucón cuando tocaba y sobre todo cuando sobraba, sagrado corazón con voz y voto, capataz de hacienda, gerente bancario, maestro de escuela (desertificada), embajador volante, caldo de cultivo, masa sinérgica, tonto de pueblo, macho cabrío, víctima de ocasión, testigo ocular, mandatario sin ministros, jefe de gobierno sin embajadores, caballero de industria a título personal y por la interpuesta persona de sus dos geniales hijitos, Ph. D. de cualquier cosa, abogado de causas ganadas, médico de enfermos terminales, y sobre todo, enemigo de sus enemigos. Las FARC.

Las FARC fabricaron a Uribe. Le dieron la primera presidencia, le dieron la segunda presidencia y casi lo dejan en la presidencia hasta que se acaben las FARC; cuándo será ese cuándo. Uribe fue desagradecido con Las FARC; en la primera elección, en la segunda, y sin duda en la tercera, de haber sido posible, también hubiera mostrado su desagradecimiento. Pero también Uribe fue desagradecido con Pastrana al que no le reconoció su mediocridad e ineptitud como causa indudable de su triunfo electoral. Porque Uribe no derrotó a la sombra penosa de un político que es –ha sido y fue- Horacio Serpa, sino, derrotó a Samper y Pastrana en moñona. Los derrotó por lo que fueron capaces de hacer y sobre todo de no hacer nada para que el país se hundiera en ese abismo del que se sigue, pero con la sensación de que no es así. La clave de Uribe fue su repetición, se ha dicho, pero la pre-clave fueron sus antecesores y sus concomitantes fueron los errores políticos de sus enemigos.

Uribe no ha dejado, luego de ocho años de gobierno, ni mejor ni peor el país que en la época de Turbay Ayala, pero sobre el común todavía queda la sensación que se ha avanzado un poco en el camino de la venganza, porque se miden los logros contra la FARC a la luz de la nulidad que lo precedió. En realidad, las FARC fue pretexto, contexto y texto de su gobierno y se pierde la perspectiva de la realidad nacional si se mide su gobierno solo por una lucha que ha dejado también muchos sin sabores. El resultado militar ha sido, al menos, equívoco, en muchos sentidos, y en consideración del armamento sofisticado y los ingentes recursos empleados, un fraude por destapar.
Pero como los filósofos nacionales han enseñando que perder es ganar un poquito, y que perder un poquito es una regla del método con la que el colombiano ajusta sus cuentas con la realidad que no comprende, entonces se deduce, por simple regla silogística, que Uribe es el mejor o el peor presidente que hemos tenido desde la época de Laureano Gómez, incluido, dependiendo de la escuela sofística en que nos inscribamos. Pero como el asunto no es de sofística y se reduce a una ponderación de cifras no cabe sino concluir que la economía pasa por un momento deplorable, que el desempleo es alarmante, que la injusticia e inequidad crecen, que la corrupción campea como siempre, que la falta de competencia es norma, que el narcotráfico no cede sus rutas, solo las varía, que todos los factores que hacen la pobreza, la injusticia, la violencia están a la orden del día, que pida el plato fuerte que sea que siempre se le será servido y que nunca le defraudaremos sus perversiones.

El fallo sobre el Referendo reeleccionista de la Corte constitucional el viernes pasado, echó por tierra las intenciones de Uribe de perpetuarse en la presidencia de la república. Su tercer mandato era automáticamente su reelección a perpetuidad, y pese a que muchos colombianos vieron también frustradas sus ilusiones de verse morir de viejos viendo en la pantalla de televisión babiando de anciano a Uribe, gritando que ya mató al último miembro del secretariado (también de viejo), ilusión que compartían muchos colegas, la Corte simplemente los bajó de las nubes, los llamó a la sensatez, les dio una lección constitucional, les dio una lección democrática y, sobre todo, les dio una lección moral.

Sé que Colombia debe enfrentarse, en los próximos meses, años y décadas a la desuribización del país, de sus campos, de sus instituciones, de sus universidades, por ejemplo. Así como Alemania tuvo que enfrentarse a la caída de Hitler a la Entnazifizirung, o sea, a una forma de desterrar política, moral, culturalmente la sombra de la violencia nazi, que fue una obra colectiva y no de un ser malvado individual, Colombia debe librar una guerra civil, en el campo de las ideas, en el campo de la pedagogía, en el campo de la educación ciudadana, por recuperar un eje gravitacional de su dignidad democrática.

Lo que la Corte puso de presente no fue solo una argumentación en contra de la intención individual de Uribe de perpetuarse en el poder, sino, destapó de paso una forma inaceptable de hacer las cosas que se había aclimatado por décadas en Colombia. En Colombia burlar la ley era una manera de sentir que se hacía patria. La anti-cultura ciudadana, la cultura mafiosa que impuso Pablo Escobar con sus incursiones en el bajo mundo que conquistó el alto mundo, o lo deslumbró de algún modo; la forma en que Castaño quiso sustituir las instituciones estatales y privatizar la seguridad (como se privatiza la salud, la educación, los recursos naturales y no renovables); la forma en que desde hace ocho años las aplanadoras políticas violan y desconocen los derechos ciudadanos, las minorías políticas, étnicas, de género; los ultimátum terroristas que permanentemente daba Uribe al pueblo colombiano, porque sin él todo se acababa; todo eso fue lo que en el fondo se juzgó. La Corte Constitucional obró en derecho, pero obró de modo que, sin exagerar sus méritos o calidades ni hacer hipérboles de sus intenciones, abrió un boquete que el ciudadano común, el profesor honrado, puede aprovechar a su favor de su libertad y su dignidad.

Uribe es un animal político herido pero no muerto. Cuando dice que va a seguir luchando por el país hasta el último día de su vida, significa que va a conspirar hasta que se muera. De cualquiera modo y de todos modos. Solo se escribirá la última palabra cuando lo veamos en el cajón. Y ni siquiera. Sus aduladores le arrebataran abusivamente sus banderas, tal como él les enseñó que se debe hacer la vida pública, es decir, tal como corrientemente se hace pero que no había encontrado un campeón tal directo como ejemplo a que resaltar. Muerto Uribe, después del velorio y luego del sepelio seguirá viviendo. Todos se quitarán la palabra para seguir los pasos del santo patrón que animó a Colombia a seguir los códigos del señor hacendado, con sus maneras bruscas y autoritarias, para hacerse obedecer. Mandar es una pasión, antropológicamente inserta en la condición humana, que se muestra en su primaria forma patriarcal, que revive y toma su particularidad histórica en esa figura sacada de las ardientes sabanas cordobesas para Colombia y el mundo. La escuela de gobierno fue su finca; la finca que fue la escuela de gobierno de Escobar y que la fue de Castaño. El hacendado que el colombiano lleva adentro encontró en Uribe su paradigma. Si Colombia en el siglo XIX, no había tenido su Rosas, su Melgarejo, su Santa Anna, los caudillos por antonomasia en la historia latinoamericana, sí elaboró tardíamente el modelo o tipo político y lo ungió en el hijo de esta fecunda de hombres bravos, de machos violentos, de amigos de la violencia, de finqueros sin agüeros, de Uribes, de Uribitos, de… El modelo fue elaborado por todos, históricamente arrastra un poquito de cada época, cada clase social siente su aporte. “Uribe somos todos”, se dirá, sí, todo el pasado negativo colombiano que es preciso dejar atrás. De una u otra forma, cuando la Corte Constitucional derrotó el Referendo reeleccionista se libró simbólicamente en Colombia la batalla de Caseros de 2 de febrero de 1852, en Argentina, en que la civilización triunfó sobre la barbarie; en que la ley se impuso ante la brutalidad del campo, en un juego dialéctico equívoco, en todo caso, de muy circunstancial y condicionadas consecuencias.

Uribe, sospecho, perdió la fe, porque no se le ha vuelto a ver por Santa Teresita, así sea para rezar de rabia contra la Corte y prometer los litros de sangre con que alimenta su pathos personal.

Desde hace ocho años la Universidad pública es un apéndice del uribismo. La universidad pública siempre ha estado politizada y sería ingenuo pensar que en estos ocho años se violó una regla que ya no estuviera de antemano violada. Pero también es cierto que la manipulación del poder en la universidad se hizo más visible, pues los resortes de su actuación parecieron más descarados. No se trató solo de que un oscuro abogadillo de provincia, José Obdulio Gaviria, corrompieran y pusiera bajo su manto ideológico a unos cuantos profesores; no se trató que un exrector de nuestra universidad, que como rector lo hizo decorosamente, hiciera un salto mortal hacia el partido de la U (que no fue el partido de la Universidad sino de los “urangutanes”) para llegar al parlamento. Esos casos se pueden multiplicar y caer en un fatigoso listado de inmoralidades. Es el momento de librar otras batallas, o las mismas que se sofocaron en ocho años de terror solapado. De alcahuetería, de complicidad, de oportunismo, de conveniencia, de connivencia. La palabra la tiene la oposición, y es hora de ejercerla.