Por Ricardo Sarasty Rosero / @Risar0

Cuando se escucha hablar de la Colombia profunda de inmediato la imaginación vuela hacia lo más recóndito del país, que bien puede encontrarse entre las selvas y las montañas y allá arriba en sus cimas o bajando de ella llanura adentro. Pero lo más común es ver señalar hacia las fronteras que sí, también las demarcan montañas, selvas, extensos ríos y valles, zonas húmedas cuando no desérticas que poco a poco se fueron poblando tras cada migración provocada por las diferentes violencias, si es que no es una sola la que se resisten a parar los que se han lucrado de ella a lo largo de más 100 años.

En uno de los últimos libros publicados por Alfredo Molano, Del Otro Lado, se pueden identificar muchas de las características de esa Colombia profunda en el itinerario de los campesinos entrevistados por él. Si es que se puede llamar itinerario a ese errar sin más brújula que la de la necesidad de huir de los matones a los cuales si se los enfrenta no se les gana, porque son más y actúan amparados no directamente por el gobierno pero sí por los que lo sostienen y parasitan de él. Mientras, los derrotados solo se quedan con el tener que seguir abriendo brechas sin sosiego, para no dejarse alcanzar por cualquiera de las balas o las bombas, el hambre. Y como paradoja, la ley hecha para siempre justificar su despojo y persecución eterna. Porque esta no comenzó con él, sino que la heredó y como maldición tiene que dejársela de igual manera a su descendencia que será la que termine de poblar la tierra más inhóspita, los ‘sinlugares’ donde levantan los ranchos que nunca se visibilizarán en un mapa, aun cuando sus nombres cualquier día aparezcan en letras de imprenta como parte del titular que presenta la noticia de otra masacre más.

La ley del más fuerte, la experticia del más avispado, la dictadura de las balas y la suerte que cuando juega en favor solo le da como premio el quedar vivo, por lo que lo más correcto es decir que siempre está en su contra, por lo que la lucha por la sobrevivencia ahí consiste en tirar a torcerla todos los días cada minuto, sin desdeñar ningún medio, ya que cualquiera es el apropiado, si al menos brinda la esperanza de alguna vez acertar, no con la jugada indicada sino con el negocio. Cueste lo que deba invertirse en él. Costo que en la mayoría de las veces no se paga ni se cobra en moneda oficial, o si se quiere ser más gráfico, con la misma moneda con la que se tasan las transacciones normales allá en esa otra Colombia.

Tan contraria a la profunda, donde cualquier valor se calcula con medidas cambiarias propias del tráfico de una mercancía que llega y sale por entre caletas como la cocaína y los insumos para su producción, la marihuana, el oro, el coltán, las armas, el contrabando, los secuestrados, las muchachas para la prostitución y hasta los mismos artistas famosos contratados para las celebraciones de los cumpleaños de los capos y el divertimento de jornaleros y mercenarios. Todo cotizado y transado según el patrón cambiario que también obedece ferozmente a las leyes de la usura, aunque no haya bancos.

Es que el capitalismo en la Colombia profunda también rige el mercado. Pues al final de las cuentas estos ríos de plata, también van a terminar en un mismo mar, las arcas legales de allá desde donde mandan a decir que la presencia del gobierno pronto se hará sentir ahí, solo que cuando lo hace es para poner a correr a los mismos de siempre hacia lo más hondo aún.